
Una de las obras menos conocidas de Pollo Sanguinetti es su “poética”, que él personalmente intituló “La poiesis de Pollo” y rotuló la cubierta del manuscrito con muy cuidada caligrafía carolingia. La obra debía constar de veintinueve volúmenes, de los cuales los nueve primeros irían dedicados a todas y cada una de las musas del Parnaso: Calíope, Clío, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Euterpe, Polimnia y Urania, a quienes Pollo prefería nombrar: María de las Mercedes, Rosa María de Jesús, María Begoña Lucinda, Francisca María Fulgencia, María Teresa de Jesús, María del Dulce Nombre Belén, Josefa María Egipciaca, María Antonia Petronila y Manuela María Josefa, en reconocimiento a unas señoritas que le habían sido presentadas por Julio Augusto Septembrino en el ateneo literario “El Plectro Tucumano”.
Y ya que mencionamos al vate argentino, preciso será advertir contra la falacia de Noé Mora S.J., cuando acusa a Pollo de haber plagiado las conocidas “Sobras completas” de Septembrino. Nada más lejos de la verdad: Julio Augusto y Pollo se jugaron a los chinos sus respectivas obras completas en un conventillo de Salta y el primero de ellos las perdió, de forma tal que Pollo Sanguinetti estaba en su perfecto derecho de hacer con ellas lo que le acomodase. Por otra parte la caballerosidad y buen espíritu del Julio Augusto le impidieron malquistarse con su colega hispano; tanto así que durante su fructífera participación en las sesiones de “El Plectro Tucumano”, ambos volvieron apostar sobre cuál de los dos lograría llevarse al huerto el primero a las nueve cursis arriba mencionadas, obteniendo esta vez la victoria el aguerrido Septembrino por una cabeza.
Pues, a lo que íbamos: los otros veinte volúmenes de “La poiesis de Pollo” no tenía él muy claro de qué iban a tratar, pero hay que reconocer que hubiera sido un buen número de volúmenes y es una lástima que el insigne polígrafo no lograse completar más que el prólogo y algunos fragmentos de los libros III, XI y XXIII, porque tenía muchas otras cosas que hacer y no podía pasarse la vida perdiendo el tiempo con una obra menor sin las más mínimas perspectivas comerciales, o eso pensaba él.
Pues se equivocó de medio a medio, puesto que aquella magna obra, aún cuando incompleta, ofreció pingües frutos allí donde menos se hubiera podido esperar. Como decíamos, Pollo no estimaba en un ardite el maltrecho e inconcluso hijo de su ingenio, así que se lo regaló a Julio Augusto Septembrino para que calzase la pata de la mesa de la cocina. El vate tucumano aceptó encantado el presente e invitó a locro a su generoso donante, quien se olvidó por completo del asunto y tomó su avión para Belize a la hora prevista.
Pero quiso el azar que meses más tarde Septembrino entablase estrecha amistad con la psicoteatrauta porteña señorita Arabella Cominotti, directora del famoso “Taller de identidad geminal para la sustanciación del método”, que había ido a Tucumán para pronunciar unas conferencias muy bien retribuidas. Septembrino, siempre en vanguardia de la cultura local, no sólo logró pillar bastante bien los abstrusos principios de la psicoteatrología, expuestos muy elegantemente por la señorita Arabella, sino que se la llevó consigo a su casa para profundizar. Y en eso estaban, profundizando, en concreto sobre el suelo de la cocina, cuando la Cominotti profirió un alarido de júbilo, que Julio Augusto atribuyó equivocadamente al mero placer de los sentidos: ella había atisbado desde su privilegiada posición la cubierta algo borrosa y maculada de “La poiesis de Pollo” y, tras arrebatar de su emplazamiento aquel tesoro, se puso a leerlo febrilmente en tanto su colaborador sexual continuaba en solitario la faena. “Quedátela, mina, mas concluyamos el acto, ché”, proclamó el inspiradísimo amador. Así fue como la señorita Arabella Cominotti conoció y pudo aplicar las ideas teatrales de Pollo en su “Segundo Taller de identidad geminal para la sustanciación del método”, que instaló en el barrio madrileño de Malasaña en cuanto que hubo reunido la plata para el pasaje. El polvo, la verdad, lo remató a la remanguillé por no quedar mal.
No es que la señorita Arabella Cominotti fuera a tomarse las ocurrencias de Pollo al pie de la letra, porque para eso ya tenía ella una buenísima formación psicoteatral desde muy jovencita, pero algunas cosas le parecieron bien y ajustadas. Por ejemplo el capítulo del libro III dedicado a Shakespeare, que le pareció de perlas y se lo hizo aprender de memorieta a todos sus discípulos para que se empapasen. Pollo sostiene en ese capítulo algunos interesantes puntos de vista sobre el socorrido autor inglés, por ejemplo:
Es una tontería leerse las obras de Shakespeare para interpretarlas. En primer lugar, porque son complicadísimas y no se entiende la mayor parte de lo que dicen. En segundo lugar, porque ya las habrán leído muchas otras personas y ellas pueden informarte más o menos de lo que pone. En tercer lugar, porque ese hombre escribía demasiado y, encima, en inglés, con lo cual perderíamos mucho tiempo, que se puede emplear en otras actividades menos aburridas. Si hay que hacer Shakespeare, pues se hace, pero sin comerse el coco y como le salga a cada uno de la perinola.
La señorita Arabella asoció estos agudos conceptos con su particular versión de las teorias de desconstrucción de Grotowski, que ella había complementado con la práctica de la pulverización textual, uno de los más interesantes aspectos de la técnica que denominó “La minipimer de Cominotti”. La plasmación artística de este revolucionario sistema fue su espectáculo “Shakespeare global performance 99”, que la tituló en inglés para fardar de políglota y atraer a la juventud de nuestro tiempo. En ese espectáculo salía primero un actor en pelota con un cubo encima de la cabeza, lo que resultaba altamente simbólico y estimulante, y el que no pillase el simbolismo, pues allá él, porque luego salían otros actores metidos dentro de sacos de yute y daban volteretas por el escenario pegando berridos, y eso sí que tenía muchísimo mérito, porque seguro que algo quería decir, igual que los cirios y los ventiladores de la escenografía. Y es que ella había logrado, mediante la aplicación de las técnicas de pulverización y minipimer sintetizar en una sola y magnífica creación TODA la obra del cisne de Stratford.
Claro que para ejecutar proyectos de tal volumen subvencionables por la Consejería de las Artimañas, la psicoteatrauta Anabella necesitaba formar un tipo de actor muy especialmente preparado en su “Segundo Taller de identidad geminal para la sustanciación del método”, y una vez más iba a hallar en la doctrina Pollo la herramienta adecuada para complementar sus ya erráticas intuiciones sobre la doma de jóvenes aspirantes al martirio escénico. Dice efectivamente Pollo Sanguinetti en una brillante página del tratado XXII ligeramente maculada de café con leche en su ángulo inferior izquierdo:
El artista, ¿nace o se hace?... Pues no sé. Personalmente he tratado a pocos artistas, porque se pasan la vida quejándose y hablando mal los unos de los otros, así que me resultaban aburridos y por eso no les he hecho nunca demasiado caso. Nacer, nacen, y eso es evidente, porque, si no, no andarían por los cafés dándose importancia, ni se hacinarían en las aperturas de exposiciones con el objeto de alimentarse a base de canapés y aceitunas. Luego, nacer, nacen.
Ya, si se hacen o no se hacen, es harina de otro costal. Pero, en el caso de que decidan hacerse, deben hacerse buenos artistas y, sobre todo, cuidar mucho de su buena presencia y modales adecuados. El dramaturgo ha de tener pinta de dramaturgo, el pintor, de pintor, la cupletista, de cupletista y el entomólogo, de entomólogo. Si no, sería un barullo y bien pudiéramos encargarle un retrato a una clarinetista, quien, tal vez por mera cortesía, no desdeñaría el encargo y sacaría un churro que no podríamos colgar en la pared del salón.
Respecto a los actores, como que son un ganado aparte, porque constituyen un colectivo marcado por acusadas tendencias masoquistas, lo que les induce a concurrir colmados de ilusión a ordalías denominadas audiciones o “castings”, si se me permite el barbarismo; así pues la fabricación del actor ha de ser necesariamente dolorosa, si es que en ella pretendemos alcanzar el pláceme de los educandos, que eventualmente se traducirá en beneficios crematísticos.
La señorita Arabella tomó muy buena nota de este luminoso aserto de Pollo y lo puso en práctica sin vacilar en su tallercito de Malasaña. La psicoteatrauta porteña aplicó sin compasión alguna su “escalada de identidad geminal para la sustanciación del método” sobre las sufridas personas de un puñado de jovencitos ansiosos de gloria y purificación que se inscribieron en los cursos, una vez obtenida la cuantiosa suma de su importe mediante sablazos familiares y servicio de copas nocturnas con horario ilimitado en los más prestigiosos tugurios de la capital.
No entraremos en detalles sobre el extenso desarrollo del proceso, pero sí que explicaremos, por fundamental, que la Señorita Cominotti sostenía que la energía actoral reside en el escroto, motivo por el cual todo aspirante a estrella del espectáculo tiene que concentrarse en su escroto para llegar a ser alguien el día de mañana. “¿Y las que no tenemos escroto?”, preguntaba alguna discípula primeriza; y eso era porque no sabía que la gran psicoteatrauta había descubierto que existen dos clases de escroto: el fisioescroto, que está ahí colgando y el psicoescroto, que reside en la psique, y éste es el fetén. Cualquiera que se suspenda cuatro horas por un pie y pase otras cuatro dándose caña con sus semejantes a berrido limpio acabará localizando su psicoescroto, y ahí comienza su escalada de identidad geminal para la sustanciación del método.
Luego ya vienen los ejercicios de identidad retrospectiva, consistentes en localizar las identidades del catecúmeno en sus consecutivas reencarnaciones, lo que se obtendrá a lo largo unos cuantos años a base de golpear con un palito una taza de café, pero sin perder de vista el psicoescroto, porque sí no, no vamos a ninguna parte. Y todo ello por cantidades asequibles con financiación a cargo de prestigiosas entidades bancarias.
Durante largos y sacrificados años de abnegada tarea psicoteatrética, la señorita Arabella Cominotti logró una pingüe cosecha de psicóticos internados en diversas instituciones especializadas y una regular fortunita, que invirtió en bienes raíces allá en la Pampa, porque tal como está la cosa no era cuestión de comprar bonos del Estado. Fue una lástima que no lograse conocer a Pollo personalmente, porque seguro que hubieran congeniado.