Asno de oro

domingo 10 de enero de 2010

Prohiban estas fotos

Y muchas más por el estilo. Parece mentira que anden sueltas por Internet. Si prohiben fumar y castigan las web de enlaces, no se corten y maten dos pájaros de un tiro.


CORTE DE AMOR



El trovador Chantier Fleuri, llamado Chantematin, caballero de noble cuna, dotes personales excelentes y notable apetito en la mesa, se pasaba las horas muertas contemplando un repostero que su dama había hecho colgar a la entrada de sus aposentos privados. A lo largo de esta paciente tarea soltaba innumerables suspiros y, de vez en cuando, derramaba ardientes lágrimas. De esta conducta cabe deducir que estaba intensamente enamorado y que no le debía de ir demasiado bien en su amor, porque, en caso contrario, no hubiera tenido para qué mostrarse tan disgustado.
Su dama era la célebre Pivoine de Perignon, llamada Dame Pivoine Au-petit-doigt-du-gauche-pied por deseo propio y, evidentemente, sin ninguna intención de abreviar. Ella estaba casada con el señor del castillo-palacio de Perignon, un gentilhombre muy poco refinado a quien llamaban Morgant de Perignon, o Morgant La-grosse-branche, porque allí todo el mundo tenía su mote, como se ve. La ventaja de estar casada, aunque fuera con don Morgant, consistía en que una podía hacer bastante lo que le daba la gana, a diferencia de las solteras, que llevaban por allí una vida mucho menos libre y jugosa. Y lo que le daba la gana era dedicarse animosamente a las bellas artes y letras y al adulterio, disciplinas todas ellas en las que Dame Pivoine había logrado una merecida reputación. En cambio, las doncellas se aburrían soberanamente y no podían cultivar el espíritu de esa forma tan liberal y relajada, motivo que había inducido a nuestra avispada castellana a engancharse en el primer bodorrio que le pusieron por delante sus padres. Ahora regentaba su propia corte de amor a toda vela, rodeada de damas acompañantes y caballeros servidores, pues el buen pasar económico de la familia así lo permitía, y todos ellos se lo pasaban en grande, ya que siempre estaban dispuestos a hacer y decir toda suerte de necedades, con tal de darle gusto al cuerpo.
El caballero Chantematin había comenzado, como los demás, por inventarse un amor sin límites por su dama, venga a construir rondeles absurdos y dibujar blasones ridículos; pero, a base de practicar tanto silogismo y arabesco, había acabado por creérselo, y andaba a lo del repostero precisamente a causa de esta desdichada circunstancia. Esto sucede cuando uno deja de controlar las situaciones.
En el repostero había hecho bordar la imaginativa dama un "Paisaje verde de los rojos caminos al corazón azul de la blanca dama", polícroma fantasía animada donde se pretendía mostrar, en síntesis, cómo había que hacer para llegar a echarle unos polvos a la propia interesada, Dame Pivoine Au-petit-doigt-du-gauche-pied, tarea compleja a juzgar por lo intrincado de la extravagante alegoría. Doña Pivoine, cuya principal virtud no parecía ser la modestia, había hecho poner en el centro, y ocupando la mayor parte del terciopelo púrpura, una hermosa mujer completamente desnuda, que tenía pintada una estrella fulgurante en el dedito meñique del pie izquierdo (a poco Francés que uno sepa, ya se ve la intención), y un corazón llameante debajo del ombligo, pequeña licencia anatómica que se habían permitido para que el corazón estuviese justo en el centro del repostero. Además, como bajo el corazón llameante habían puesto un letrero que explicaba que aquello era un corazón llameante, y no otra cosa, ese letrero venía de perlas para tapar el coño, que había sido considerado la única parte propiamente pudenda en todo el artificio. El resto del cuerpo de la mujer en cueros y todos sus alrededores estaban sembrados de dibujos con su letrerito correspondiente, que se enlazaban -contrariando visiblemente las pautas ordinarias del crecimiento vegetal- mediante las ramas y hojas de una hermosa mata de peonias que nacía justo debajo del letrerito del corazón llameante. La verdad es que la mata de peonias más bien parecía una esparraguera enloquecida, pero eso no deslucía para nada la intencionalidad retórica, que es a lo que se iba. Los dibujos representaban montañas escarpadas (sobre el pezón izquierdo), suaves colinas (sobre la cresta ilíaca), ríos mansos e impetuosos (oreja derecha y tercer espacio intercostal izquierdo), rebaños de ovejas (fuera del cuerpo, junto a la mano izquierda), incendios devastadores en ambos sobacos, y así sucesivamente. Los letreros estaban muy bien caligrafiados en letra carolingia sobre unos pergaminitos medio rotos, y en ellos ponía alguna que otra aclaración acerca de todo aquel disparate: valle de la firme esperanza, rebaño de los tiernos amadores, pozo de los dulces secretos, barranco de la palabra indiscreta, cataratas del abandono, doble colina del segundo encuentro, dulce jardín de la entrada del paraíso, o, como queda dicho, corazón llameante a secas. Cuando los pacientes artesanos a quienes se había encargado la tarea de ejecutar el proyecto hubieron acabado de dar la última puntada, se tuvieron que tomar unos días de descanso, porque estaban completamente mareados. Pero Dame Pivoine estaba encantada de la vida, e hizo colgar el galimatías en su antesala; de forma tal que, por una parte, se hacía la estrecha, y, por otra, se anunciaba a sí misma descaradamente. Una flagrante contradicción, de las muchas que jalonaron la vida de esta sorprendente mujer.
Chantematín, decíamos, se tiraba las horas muertas delante del repostero, y ya casi se sabía de memoria toda la fantástica geografía en él plasmada, pero no le estaba sirviendo de gran cosa el complejo manual elaborado sobre su propio uso y disfrute por parte de la dama de sus pensamientos. De hecho, se le tenía por el último mono en aquella brillante corte de amor, donde hasta la fecha no había logrado pasar de puestos subalternos, como el de bufón, o, incluso, humillantes, como el de cautivo en las mazmorras. Veía pasar ante sus narices dignidades y honores para otros caballeros, a quienes la reina (Doña Pivoine) otorgaba puestos de duque o de paladín con grandísima liberalidad, lo cual implicaba que, o se había dado el festín con ellos la noche anterior, o pensaba metérselos en la cama aquella misma noche, en tanto que el infeliz Chantematin se quedaba a dos velas una y otra vez. Nada de extraño tiene, en consecuencia, que el pobre trovador gimiese y suspirase frente al complicado precedente del juego de la oca en que Dame Pivoine Au-petit-doigt-du-gauche-pied había convertido los vericuetos de su preferencia amorosa. El caballero Chantier Fleuri, llamado Chantematin estaba completamente fastidiado con la marcha de las cosas. Y, encima, los afortunados, poco delicados en reuniones de hombres solos, no paraban de comentar las virguerías que la digna castellana era capaz de hacer con el célebre dedito del pie izquierdo, lo cual ya acababa de ponerle fuera de sí; a él, que no lo había catado.
El caso es que Chantematin era hombre de prendas excelentes, que en su momento había cosechado innumerables éxitos literarios y amorosos. Aún en aquellos días, con todo lo macilento y aburrido que andaba, muchas damas de la corte de amor hubieran accedido gustosas a coronarlo como poeta y a encamarse con él a renglón seguido, y se preguntaban qué bicho le habría picado para no querer saber nada de escarceos amorosos, si no era con la pejiguera de Dame Pivoine, a la que ponían verde a sus espaldas, porque la comparaban, dolidas, con el proverbial perro del hortelano. Al final se resignaban y se iban a dormir con el primero que les viniese a mano, con tal de no perder la noche; porque lo más que alguna había conseguido es que el enamorado trovador le echase un polvo a la remanguillé y luego saliese pitando a plantarse de nuevo frente al repostero como un imbécil, dejando a su acompañante medio insatisfecha.
Era Chantematin de buena estatura, recio de miembros, delicado de rostro y armonioso en sus movimientos. Coronaba su cabeza una espesa mata de cabellos cortados a la moda, es decir: a tazón, con flequillo y con la nuca rapada al dos; tenía los ojos verdes, la nariz regular y un poquillo prominente, boca bermeja y sensual, buena dentadura y era la color de su tez blanca mezclada de rosa. Vestía elegantes jubones de colores variados y calzas a juego y gastaba zapatos de punta muy larga, con los que, a diferencia de señores menos habilidosos, jamás se enredaba o tropezaba. Por último, si se permite la licencia, lucía amplia bragueta de piel de perro, necesario complemento para quien pretende codearse con damas y ser estimado por ellas en lo que vale. Lamentablemente, todas estas perfecciones no habían sido debidamente apreciadas por Dame Pivoine, quien, para mayor inri, le había impuesto la consabida prueba de la castidad, motivo por el cual andaba escocido y molesto bajo su elegante bragueta de piel de perro, aunque lo soportaba con toda la paciencia del mundo.
Chantematín poseía muchas habilidades, pues sabía justar a las mil maravillas, cabalgaba como un tártaro y jugaba anillas con destreza. Tocaba el laúd muy donosamente, y se acompañaba con él para cantar lais y baladas, que, si no eran un portento de imaginación, sí que cumplían todas las reglas pertinentes y no sonaban mal al oído. Además era capaz de sostener una escoba sobre la nariz durante mucho rato, imitaba el canto del cuclillo y el de la rana y sabía mover las orejas para distraer a la concurrencia. Todas estas buenas condiciones hacían más inexplicable el mal trato a que era sometido por su tiránico amor, que prefería hacérselo con sujetos tan inferiores como Céleri de La-poivre-cochon, un ridículo meridional que sólo sabía beber vino blanco con limón, prepararse una buillabesa y dormir la siesta.
Encima de todo, Dame Pivoine abusaba descaradamente. Obligaba a su doliente enamorado a dejarse ganar por ella en las justas poéticas y, para mayor recochineo, le hacía arreglarle los desastrosos versos que ella perpetraba, porque la señora tenía una ortografía infernal y un oído enfrente del otro y cometía errores métricos de parvulario; pero el desgraciado de Chantematin disimulaba y tragaba con todo. Incluso se ahorraba los comentarios mordaces que se le iban ocurriendo a lo largo de las torturantes sesiones literarias privadas con semejante analfabeta, que no tenía, desde luego, una buena base cultural. Se conformaba con echarle una mirada de reojo a las tetas, entre corrección y corrección, lo que acentuaba más, si cabe, el intenso amor que por ella profesaba.

- A ver, Chantematin: ¿con qué rima pajarito?
- Pues, por ejemplo, con otro diminutivo, pero queda feo, je, je...Mejor con otras palabras, como proscrito, grito, dimito o contrito...
- ¿Contrito? ¿Y qué quiere decir contrito?

Aquí nuestro hombre se armaba de paciencia y oficiaba de diccionario privado para la torpe poetisa en ciernes, cuyo vocabulario no iba mucho más allá de las quinientas o seiscientas palabras, por lo visto. Pero ella insistía:

- Anda, Chantematin, ayúdame a hacer una pastorela, y te dejo tocarme un muslo.

El trovador improvisaba rápidamente: Dos lindas zagalas platicando van: / Si tú tienes novio / Yo tengo galán...

-¡No!: ¡galán no!, ¡No me gusta galán! ¡Está muy visto! Y quítame ya la mano del muslo, que ya está bien.

Después de una suave y tímida porfía, Chantematín acababa escribiendo gabán en vez de galán, lo que contrariaba su refinado gusto estético y su sentido de la lógica, porque ¿a santo de qué tiene que ponerse gabán una delicada pastorcilla? Véase el resultado: Dos lindas zagalas platicando van: / Si tú tienes cofia / Yo tengo gabán...
Pero se conformaba con tal de permanecer al lado de ella un ratito más. Luego, como es natural, la birriosa pastorela no ganaba la corona, y la arbitraria Pivoine le echaba las culpas al trovador:

- ¡Imbécil! ¡Por tu culpa! ¿A quién se le ocurre lo del gabán? ¡Ahora ya no te enseño una teta que pensaba haberte enseñado! ¡Para que te fastidies!

Las desventuras del paciente amador no le venían, como se puede apreciar, por falta de abnegación ni de celo. Él lo intentaba de mil maneras, pero las cosas no le salían bien. Hizo intentonas con el lenguaje de los colores, con el de las flores y con el de las gemas, que eran códigos muy coherentes y eficaces con los que él había conseguido éxitos de importancia y renombre; pero ninguno de ellos le funcionó aquella vez. En concreto, el de los colores fracasó porque Doña Pivoie era daltónica y él no había reparado en ese defecto de su dama y ella, claro, tampoco era consciente de su limitación cromática, dado el atraso de la ciencia por aquel entonces.
Se ponía, por ejemplo, un jubón amarillo-dorado, lo que venía a significar que estaba dispuesto a sufrir pruebas para obtener un galardón proporcional; y ella lo veía rosa, que es tanto como demostrar amor a la divina sabiduría, lo cual la dejaba perpleja a ella, y a él, frustrado. Insistía: calzas color jacinto, o sea, expresión inequívoca de amor verdadero; pero como ella lo descodificaba en púrpura, que representa el interés por la verdad espiritual o teológica, se preguntaba con cierto desgarro: ¿y qué tendrá que ver el culo con las témporas?, con lo cual se iba a follar con otro o a pasearse por el parque, dejando a Chantematín completamente desolado. Todo acabó de fastidiarse un día en que él se puso una gran banda verde hierba, con la intención de expresar que, pese a todo, no perdía la esperanza; pero como ella entendió que la banda era rojo-sangre, y que proclamaba con absoluto descaro un amor carnal a bote pronto y por las bravas, Doña Pivoine se puso hecha un basilisco y le arreó dos sopapos al asombrado trovador, por descarado y por zafio. Así que el afligido individuo optó, en lo sucesivo, por un discreto gris marengo, que le parecía menos arriesgado y comprometedor. Atrás quedaba el dispendio en ropa, que le estaba costando un pico, y con él la fracasada esperanza. Recordaba con amargura, cada vez que abría su armario, el negativo fruto obtenido de semejante prendería: por ejemplo, cuando se plantificó el coleto azul turquesa con calzas rojas y negras (roja la pierna derecha y negra la pierna izquierda), para comentarle con sutileza a la dama que deseaba llegar al cielo del perpetuo amor (esta parte por el azul turquesa), arrancando del infierno (mentado en la diabólica combinación rojinegra), ella realizó una extraña lectura cromática referida a los placeres de la mesa y a la alegría del campo. Aquella vez estuvo muy desagradable, porque se desternilló de risa y le llamó chiflado a boca llena. Y todo por el estilo.
A él no se le daba mal del todo justar a caballo, así que estuvo bastante ilusionado cuando el señor de la casa, Don Morgante, dijo que ya valía de tanto lirismo y tanta mariconada, y que quien quisiera seguir comiendo gratis, ya podía atarse los machos y participar en un torneo de los de verdad. En realidad Don Morgante estaba deseando ver cómo se descalabraban unos cuantos de los cursis aquellos, que ya le tenían muy harto, con que por eso había tomado la iniciativa del torneo. Pero Chantier Fleuri (llamado Chantematin) estaba muy satisfecho por poder lucirse desarzonando a más de uno y a más de dos, tras haberse pavoneado en armadura ante su dama, porque la armadura le sentaba muy bien y, como estaba siempre de mala leche por los desdenes, tenía ganas de reñir con quien fuera. Así que se fue al salón de las damas para solicitar de Doña Pivoine que le prestase una prenda con que adornar las armas en la ocasión señalada, pues esa era la costumbre, y ella, nadie sabe por qué, no se hizo rogar, sino que le prestó de buen grado un estupendo salto de cama lleno de cintajos y de flecos, que no se ponía nunca y pensaba haberles dado a los pobres, porque le resultaba muy incómodo.

- ¿No tendrías una cosa más sencillita?

Murmuró Chantematin. Pero ella dijo que no, y que se apañase con aquello, que entre todos la iban a dejar en cueros, con tanto caballero servidor pidiendo prendas para el torneo. Encima le llamó desagradecido y cutre. Así fue como Chantematin, completamente abochornado, hubo de salir a justar con semejante repollo encima de la fina armadura cincelada, siendo el hazmerreir de todo el fondo sur, máxime cuando su caballo se enredó las patas en los cintajos y los cordones y dio con el desventurado caballero en el suelo, donde sus contrarios lo molieron a hostias a sus anchas. Se ve que no estaba de Dios que el pobre poeta enamorado gozase de las delicias del lecho de Dame Pivoine, a quien todos contaban formidable leona en los momentos de exaltación amorosa, cosa que ponía los dientes largos al relegado Chantier Fleuri (Chantematin).
El caso es que, cansado de intentarlo veces y más veces, el infeliz optó por una solución bastante popular en la época, que consistía en retirarse a un páramo desolado para hacer penitencia retirado del mundo y sus vanidades. Se trataba de un modo elegante y bien visto de quitarse de enmedio, y todo el mundo comentó favorablemente la decisión de Chantematin, porque también estaban ya muy hartos de encontrárselo suspirando frente al repostero de la antecámara. Con que pagó la cuenta, montó a caballo y se marchó a los páramos decidido a pasarlo lo menos mal posible.
Una vez llegado a los páramos en plena estación se quitó sus ropas de caballero, le alquiló el caballo a un escudero pobre y se puso el sayal de ermitaño que había adquirido previamente. En la gruta que pudo proporcionarse, pese a los llenos propios de la temporada, sólo tenía una calavera, un ramillete de flores secas, un pequeño retrato de su dama y un cacillo para calentar el agua de afeitarse, aunque luego dejó de hacerlo y se dejó una barba tremenda de larga y una espesa y enmarañada cabellera, a la moda del páramo. Pasaba la jornada, como todo el mundo, dedicado a lamentarse y a meditar sobre su triste destino y los sábados bajaba a una especie de club social de los afligidos, donde todos se reunían para contar sus penalidades amorosas a los demás, ya que el páramo estaba concurridísimo aquel año y hasta se hacía difícil encontrar cuevas o espeluncas a un precio razonable. Allí intercambiaban dolorosos recuerdos y amargas decepciones los penitentes de amor. También aprovechaban para llevarse compañía a la cueva por unas horas, ya que se sentían relevados de sus antiguos votos de castidad, al haberles dado calabazas su dama o caballero con carácter irreversible y, como ellos decían, ya ¿para qué molestarse? Chantematin adquirió la rutina de follar los sábados con una regordeta bretona muy cachonda y risueña, a la que no le importaba hacerlo por detrás, que era algo que a nuestro trovador le gustaba mucho. Esta señora, llamada Mimolette Le-coeur-sanglant se había retirado al páramo por otro desaire, pero conservaba el buen humor y además era muy cosquillosa, de modo que lo pasaban bien juntos los fines de semana, cuando Chantematín la hacía mondarse de risa y ponerse cachonda, pasándole una pajita por el ombligo y por los pezoncillos. El lunes por la mañana cada cual se volvía a su penitencia y a sus lamentos hasta el sábado siguiente.

Pero transcurrieron los días y los meses y los años de aquel doloroso extrañamiento, y Dame Pivoine Au-petit-doigt-du-gauche-pied cayó en la cuenta de que su ardiente enamorado no andaba por allí y comenzó a echarle de menos. Luego, como corresponde, sitió honda nostalgia de él, y su corazón se inflamó con una pasión ardiente por aquel al que antaño desdeñara, circunstancias que puso en conocimiento de su corte de amor en unos versos deplorables. Acto seguido tomó hábitos de peregrina y partió con la única compañía de una doncella de confianza, a la cual hacía polvo marcharse con su señora a aquel lugar tan incómodo, pero se aguantó, porque quien paga manda.
Muchas penalidades hubieron de sufrir en la larga ruta hasta el páramo, donde Dame Pivoine ardía por hallar a su amado Chantematín, con quien tenía pensado protagonizar una conmovedora escena de reencuentro, mas todo lo padecía con agrado la penitente, pues llevaba consigo el tesoro de un amor purísimo prisionero de un alma delicada y tierna como ninguna. En la primera etapa, por una pedregosa sierra, fueron asaltadas por los bandidos, que las violaron sin piedad repetidas veces. Al cruzar los pantanos tenebrosos fueron apresadas por un gigante ferocísimo, el cual optó por violarlas, comprobado que estaban demasiado flacas para comérselas. Al remontar un caudaloso y enfurecido torrente, fueron encantadas por un mago poderoso y malévolo, que las había hechizado, según comprobaron luego, para poderlas violar a sus anchas. Ya a la quinta o sexta vez, cuando habían sido capturadas en el mar por los piratas berberiscos, que se proponían violarlas como todo el mundo, la prudente doncella de Dame Pivoine, completamente escamada por tanto abuso, les dijo a los piratas que el que quisiera follar, de acuerdo, pero en orden y pagando, sistema con el que puso coto a las demasías y consiguió ir ahorrando para su ajuar a lo largo del viaje. Dame Pivoine invirtió sus pequeños ingresos en mejorar la calidad de sus alojamientos y en comprarse algo de ropa. Fue un camino penosísimo y erizado de dificultadas, porque, además, ambas carecían de sentido de la orientación y se perdían continuamente, como prueba el hecho de que fueran capturadas en el mar y naufragaran en varias ocasiones, cuando, para ir al páramo, maldita la falta que hace cruzar mar alguno.
Pero, como todo esfuerzo alcanza su recompensa y esto reza en especial para los anhelantes amadores que soportan durísimas pruebas con tal de unirse en indisoluble lazo con el ser amado, por fin llegaron la anhelante peregrina de amor y su fiel y padecida servidora a la vista del áspero desierto, el famoso páramo de los corazones afligidos, y allí preguntaron por Chantier Fleuri, llamado Chantematin, de cuya espelunca pronto obtuvieron las señas, y a ella se dirigieron con el seno palpitante y los ojos arrasados en lágrimas. Él esperaba a Dame Pivoine, porque su corazón le había dicho que la esquiva acabaría arrepintiéndose de sus desdenes antes o después y se pasaría por allí; de modo que la recibió con muy buenas maneras y la invitó a pasar y a ponerse cómoda. Allí mismo bañaron sus rostros con llanto copiosísimo y se cubrieron de tiernos besos y apasionadas caricias, y la enamorada señora, que ya veía venir cómo acabaría aquello, mandó a su doncella a comprar algunas cosas que faltaban en la casa, hecho lo cual se quedó completamente desnuda y se echó en la cama, que era, después de todo, a lo que había venido. Chantematin captó al punto la gentil insinuación y allá se estuvieron dale que te pego hasta la hora del desayuno.

Ya nunca volvieron a separarse, sino que se volvieron juntos al castillo, donde gozaron largos años de dicha en común, organizando fiestas galantes y juegos florales, pero esta vez sin que ella hiciera trampas ni se pasara con su ardiente enamorado, con el que solía encamarse más que con ningún otro, por ser el preferido de su corazón. Don Morgante, el marido de ella, se alegró, porque la veía más centrada y eso le permitía dedicarse a cazar venados y a organizar cenas con su cuadrilla. Don Morgante apreciaba la tranquilidad más que ninguna otra cosa y le gustaba que su señora estuviera entretenida y no se metiera en sus asuntos ni se pusiera histérica por cualquier bobada.

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viernes 25 de diciembre de 2009

Felicidades y hasta luego


Bueno, pues que me voy de vacaciones y no sé si voy a decir pío en un par de semanas. No obstante, la Revolución vive y, prueba de ello, es el besugo, tan apreciado en estas entrañables fiestas y denostado el resto del año. Besos a todos.

Notas biográficas sobre Henry Purcell (Extracto de un artículo de Pere Masover)



El gran músico catalán Enric Porcell hubo de irse a Inglaterra porque no tenía más remedio que hacerlo, no por una decisión suya deliberada; se fue porque las circunstancias no le permitían hacer otra cosa.
Esto sucedió durante el reinado de Jacobo II, que era un monarca de bastante buen carácter y tolerante con casi todas las religiones, lo que no impidió que se viera obligado a salir por piernas en 1688 por desavenencias con el Parlamento y porque no tenía ningún interés en acabar de mala manera, como le pasó a Carlos I de Inglaterra, su antepasado.
Enric Porcell, una vez instalado en Londres, tuvo que adaptarse a las costumbres de allí, tan diferentes a las de su Balaguer natal. Le costó un poco prescindir de las cocas y de la escudella, pero acabó habituándose a comer rosbif y pescado frito en grasa de no se sabe qué y a tomar agua hervida a las cinco de la tarde. Uno se acaba haciendo a todo, con un poco de voluntad e interés.
Ya sabía algo de inglés antes de mudarse, porque era aplicado desde muy pequeño, de modo que enseguida lo pudo hablar con soltura y sin que nadie se metiera con su acento catalán. Ellos le notaban que era extranjero, pero no identificaban su forma de pronunciar; igual podían tomarlo por holandés que por austriaco, pero ni se les ocurría que aquel acento fuera catalán, y no como en Castilla, que inmediatamente le calaban.
Naturalmente tuvo que cambiarse de nombre y en vez de Enric empezó a llamarse Henry con el objeto de evitar preguntas capciosas. Con el apellido lo tenía más fácil, porque con escribirlo como se pronuncia, pues listo: Purcell y ya está. Así que comenzó a llamarse Henry Purcell y a triunfar en la corte.
En la corte de Jacobo I le fue bastante bien y, como él no se metía en política, las cosas no empeoraron con la subida al trono de Guillermo III de Orange y su señora, que se llamaba doña María. Él siguió componiendo música y cobrando sus emolumentos con puntualidad británica. Además conoció a un clérigo de Chelsea que tenía un colegio de señoritas muy elegante y eso le vino de perilla.
Enric (ya Henry) tuvo que inventarse también una biografía, tarea en la que resultó inapreciable la ayuda del clérigo de Chelsea, que era un redomado embustero. De este modo parecía ya inglés por completo y, de hecho, entre Henry y su amigo consiguieron quedarse con todo el mundo, hasta tal extremo, que en todas las historias de la música figura la falsa biografía como buena, así que no lo harían tan mal.
Purcell (antes Porcell) iba muy frecuentemente al colegio de señoritas con el achaque de dar clases de solfeo, pero en realidad acudía allí con el objeto de alegrarse la vista y tocarles el culo a ciertas pupilas bastante permisivas. Precisamente escribió una pequeña ópera para que se lucieran dos de ellas especialmente tolerantes y receptivas respecto a las manías del rijoso compositor. Así fue cómo las señoritas Pinkerton y Brown (Lucilla y Rosebund respectivamente) fueron muy aplaudidas en el desempeño de los personajes de Dido y Belinda con ocasión de la función navideña anual.
La Ópera se llamó “Dido y Eneas” para despistar, en lugar de llamarse “Dido y Belinda”, como él había pensado inicialmente.
Como seguramente el lector se estará preguntando por qué acabaría marchándose a Londres un músico catalán tan extraordinario, será preciso aclarar que lo hizo a causa del centralismo y la barbarie que reinaban en la corte de Carlos II el Hechizado, donde los ignorantes palaciegos y hasta los pajes más insignificantes se cachondeaban de su cerrado acento catalán. Los cerriles y envidiosos castellanos apreciaban a regañadientes sus cualidades musicales, pero remedaban su habla y se desternillaban de risa contando chistes sobre catalanes ahorrativos en su misma cara. Por eso decidió que ya estaba bien y que se iba a Inglaterra.

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jueves 24 de diciembre de 2009

EDIPO Y LA ESFINGE MERENDANDO MIGAS SOBRE TEBAS, LA DE LAS SIETE PUERTAS


El monte Ficio no es un lugar particularmente acogedor, como tampoco lo es el monte Citerón. Esos dos montes están en las proximidades de Tebas y su agreste orografía puede explicar que la juventud tebana nunca haya destacado en los deportes de montaña. En primer lugar, porque son unos montes muy pequeñitos, casi cerros; en segundo lugar, porque la ausencia casi total de verde vegetación y de nevadas cumbres hacen muy poco atractiva la posible excursión dominical hasta sus áridas cimas. Las montañas del Tirol o el Pirineo de Huesca son mucho más bonitos y más altos. No resulta verosímil que un joven montañero tebano se ponga a cantar canciones tirolesas en lo alto del Ficio o del Citerón, que no inspiran arrebatos líricos de ninguna clase. Tampoco es probable que uno de estos muchachos vaya hasta esas limitadas alturas con un grupo de amigos y amigas a comerse una tortilla y unas lonchas de jamón de Teruel, alimentos desconocidos por los tebanos incluso en la actual era de la comunicación global.
Por otra parte, ambas elevaciones del terreno gozan de muy mala fama entre los naturales del país, que recuerdan con muy mal sabor de boca las leyendas en torno a Edipo y la esfinge relacionadas con ellos.
A Layo se lo cargó Edipo por casualidad, pero en términos reales tenía muy buenas razones para hacerlo, aunque él no lo sabía porque entonces era demasiado pequeño para acordarse. No hay derecho a meterle un clavo bien gordo en los pies a tu propio hijo y luego dejarlo tirado en medio de las pedregosas laderas del monte Citerón, que es lo que le hizo el malvado Layo al infeliz Edipo, quien quedó afectado por una minusvalía parcial para el resto de su vida.
Cuando Edipo, de vuelta a Tebas, llegó a la cima del Ficio por senderos de cabras tenía los pies completamente hinchados a consecuencia de aquella salvajada de su repugnante progenitor. Cada vez que el joven labdácida (Edipo) tenía que caminar demasiado rato, acababa con los pies como botas y se veía obligado a introducirlos un buen rato en una palangana llena de agua con sal. Por eso siempre llevaba consigo una especie de palangana de hierro para remediarse de aquella molestia congénita. También llevaba un zurrón con una hogaza de pan, un poco de tocino y una longaniza corintia, excelente embutido del que Apolodoro habla en términos muy elogiosos, pero cuya industria se halla olvidada en la actualidad, como tantas otras artesanales desaparecidas bajo el arrollador empuje del progreso. De la antigua artesanía conservera corintia sólo hemos podido disfrutar las pasas de Corinto, mucho menos gordas y sabrosas que las malagueñas.
Edipo llegó completamente sudoroso a las cimas del Ficio, porque es un monte bajito, pero incómodo de trepar en pleno verano. Además, como dicho queda, traía los pies incandescentes dentro de sus sandalias ortopédicas de cuero de cabra, y venía soltando juramentos en todos los dialectos helénicos y prehelénicos conocidos; por una parte, a causa del dolor de pies, por otra, disgustado con el mal trato que la pitonisa le había dispensado en Delfos. Llegas al oráculo, pagas la tarifa ordinaria y te echan a cajas destempladas tratándote de pervertido. Si Edipo lo llega a saber no pisa por allí en la vida. Ya de postre, le había tocado salir pitando de casa, porque la idea de yacer con Peribea le producía horror. Peribea, tal vez hermosa en su juventud, era a la sazón una matrona enormemente obesa que hubiera espantado a cualquiera menos exigente que el infeliz Edipo. Peribea olía siempre a pescado frito y siempre regañaba a su hijo adoptivo bajo el más mínimo pretexto. Así que es completamente lógico que Edipo hubiera liado los bártulos para evitar la profecía de la maleducada sibila, porque la idea de follarse a semejante monstruo le parecía francamente repudiable.
Le molestaba haberse cargado al vejestorio y a su cochero por el camino, pero no lo había podido evitar. Edipo, como sabemos, no soportó nunca la mala educación, y, dicho está, venía ya muy quemado con los modales de la pitonisa, y el señorón del carro y su auriga le estaban basureando sin necesidad, ya que un peatón y un carro caben perfectamente en el camino. Las discusiones de tráfico en aquella época eran mucho más violentas que hoy en día y en aquella ocasión ésta se había zanjado con el resultado de homicidio que todos conocemos. Pero en realidad le producía mucha más incomodidad el dolor de pies que todos los otros incidentes sobrevenidos a lo largo de su viaje.
Edipo llegó a lo alto del monte, resolló y se dispuso a sentarse en una piedra para quitarse las sandalias. Entonces fue cuando reparó en que la esfinge estaba allí, a la sombra de unos matorrales, bostezando y espantándose las moscas con su rabo de serpiente. Era bastante pasado el mediodía y el calor apretaba de firme, así que la esfinge se había puesto al resguardo de los ardientes rayos del sol para evitar ponerse enferma con aquella calorina.
La esfinge vio al recién llegado y se animó un poco: iba a poder combatir el aburrimiento gastándole una de sus famosas bromas a aquel sujeto con pinta de extranjero. La esfinge era un monstruo muy bromista y en toda la comarca la conocían por ese motivo, aunque todos procuraban ponerse a resguardo de sus chanzas, que a veces les parecían excesivamente pesadas. Ya su propia apariencia constituía todo un bromazo: cuerpo de león, alas de águila, cola de serpiente y, eso sí, un par de magníficas tetas de mujer, que habían provocado la lujuria en más de un pastor tebano, sujetos rudos y, por razones de carencia y soledad, habituados a trajinarse cabras y ovejas mucho menos atractivas que la esfinge. Del rostro del fabuloso fenómeno de feria sólo sabemos (también por Apolodoro) que tenía cara de cachondeo, gran habilidad para arrugar la nariz y mover las orejas y un constante guiño de ojos, que prodigaba cada vez que proponía alguna de sus celebradas adivinanzas.
La esfinge había tenido que mudarse al monte Ficio por un arbitrario capricho de Hera, la señora de Zeus, que se había puesto histérica con lo de Alcmena y su marido, y allí estaba aburridísima a expensas de que pasara alguien a quien poder vacilarle con sus acertijos. Pero eso sucedía rara vez a causa de la escasa afición al montañismo de los tebanos ya comentada al principio de este relato, así que la llegada de Edipo le vino de perlas para pasar el rato y combatir el hastío.
- Blanco por fuera, amarillo por dentro, la gallina lo pone y frito se come, ¿qué es?
La bestia mitológica había optado por un comienzo sencillo para tantear a su interlocutor. Ya levantaría el listón más adelante.
- El huevo y deja de decir tonterías ¿No habrá por aquí un poco de agua para remojarse los pies?
- Espera, espera, no vale, la sabías, seguro que la sabías...a ver: ¿qué animal hace noventa y nueve y pum?
- Un ciempiés con una pata de palo. La leí en un almanaque, está muy vista. ¿No hay un poco de agua para remojarse los jodidos pies?
Insistió Edipo.
- Dura y seca la metí y blanda y mojada la saqué. A ver, so listo, ¿a qué con esa te he pillado?
- ¿Sabes lo que te digo? Que como no me consigas un poco de agua para remojarme los pies no juego más y que conste que sé de sobra que no se trata de la polla, pero no pienso responder hasta que no me traigas un poco de agua para remojarme los pies, que me están matando.
- Vale, trae la palangana, pero luego seguimos jugando a los acertijos ¿estamos?
La esfinge agarró la palangana y en dos minutos llegó con ella llena, porque había un manantial allí cerca y ella solía ir a ese manantial a coger berros y pamplinas. Edipo abrió su macuto, sacó el paquete de la sal y virtió un puñado en el agua, luego sumergió los pies y suspiró muy aliviado.
- Oye: ¿qué llevas en el morral? Huele estupendamente. Yo tengo unas uvas muy buenas y podíamos juntar las meriendas mientras seguimos jugando a las adivinanzas.
- No sé –replicó Edipo– las uvas con la longaniza y el tocino me parece que no van a pegar.
- ¿Qué no? ¿Has acabado ya con la palangana? A ver ese pan... ¡Fenómeno! Vamos a hacernos unas migas que te vas a enterar. Pero a que no sabes qué animal camina por la mañana a cuatro patas, por la tarde en dos y por la noche en tres patas?
- Está tirado: el hombre, porque de niño gatea, de mayor anda en dos pies, que por cierto los míos me traen a mal traer, aunque con el pediluvio ya me he aliviado algo, y de noche fornica con su tercera pata, habilitada a ese efecto merced a una oportuna erección.
- ¡No, señor! El hombre sí que es, pero lo de la erección está equivocado. La pata que yo digo es el bastón de los abuelos, para que te enteres y ahora no tendré más remedio que estrangularte y devorarte. Son las reglas del juego.
- Nanay. He acertado la respuesta y en consecuencia debes despeñarte monte abajo y descalabrarte contra las piedras. Esas sí que son las reglas del juego.
- ¡Ah, no, de ninguna manera! No pienso hacer semejante estupidez. La adivinanza se adivina entera o se pierde.
- ¡No, señor!
- ¡Sí, señor!
- Bueno, vamos a dejarlo en empate ¿no? ¿Cómo es eso de las migas que mencionabas antes?
La esfinge dejó de guiñar los ojos y adoptó una expresión reflexiva:
- Necesitamos lavar tu palangana y remojar ligeramente el pan finamente troceado. Ve encendiendo algo de fuego y pica bastante menudos la longaniza y el tocino con la espada. ¡Ah, es de panceta, muchísimo mejor! Cuando el pan esté humedecido freiremos a fuego lento los productos de matanza. Ya verás si esto pega o no pega con las uvas.
Pocos minutos más tarde sacaban los trozos de longaniza y de panceta y rehogaban el pan lentamente en la grasa. La esfinge ya no tenía ganas de acertijos porque se le hacía la boca agua con el olor.
- Ahora añadimos de nuevo los tropezones y a comer. Las uvas hay que irlas picando del racimo entre bocado y bocado.
- ¿Sabes? La cocina corintia no es mala, pero esto está para morirse.
- Ya te lo decía yo. Mira: cuando bajes a la ciudad, les dices que me he despeñado, pero lo que voy a hacer es volverme a Etiopía a ver a mi familia. Hace mucho que no sé nada de la Quimera y además ya estoy aburrida de putear viajeros en este monte lleno de moscas.
- ¿Es verdad que Yocasta está tan buena como dicen?
- Yo no la he visto, pero por lo visto es una mujer muy agradable, aunque algo nerviosa. Oye...ten cuidado con un maricón viejo que se llama Tiresias. Tiene muy mala leche y puede buscarte las vueltas.
- Gracias.
- De nada.
Un rojizo atardecer comenzaba a colorear suavemente las murallas de Tebas, la de las siete puertas.

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miércoles 23 de diciembre de 2009

EL APÓSTATA



La conversión y martirio del patricio romano Quinto Cayo es aún memorable y grandioso testimonio para toda la Iglesia (jerarquía, clero y pueblo: toda la Iglesia), que enriquece su mística corona con los brillantes florones y ricos joyeles en que cuaja la sangre de sus mártires.
En el caso del santo patricio Quinto Cayo, el honor y la gloria del martirio alcanzan proporciones sublimes, puesto que el anciano se convirtió y padeció el martirio con toda su familia, compuesta de más de cien almas, entre cónyuge, hijos, consanguíneos, clientes, libertos y esclavos manumitidos.
Quedaron los fieles edificados, y confundidos los gentiles ante la sublime serenidad con que Quinto Cayo recibió al cuestor que se había trasladado hasta su finca de Capua, para comprobar lo que había de cierto en las habladurías, extendidas en el Foro durante las últimas semanas, sobre el supuesto abandono del culto al César, el cruel y extravagante Emperador Calígula por desdicha, por parte de la familia Caya. El cuestor Marcelo había llegado preocupadísimo y, desde luego, muy poco inclinado a creerse la especie difundida sobre unas personas tan respetables, cuyo cabeza de familia había prestado servicios notabilísimos a la re pública, como cuando sufragó aquel suntuoso espectáculo de escitas y panteras en el Circo Máximo. Tenía que tratarse de una trola propalada por gente envidiosa de la mucha que poblaba la Ciudad. Pero el noble Quinto Cayo dejó de piedra a Marcelo cuando, lejos de desmentir airadamente especie tan ofensiva, tomó su báculo y comenzó a dibujar sobre la arena del jardín una serie de pececitos adornados con las letras helénicas A y . Inquieto el cuestor ante actitud tan sorprendente, preguntó al buen anciano por el significado de aquellos símbolos, a lo que éste repuso con un jubiloso cántico en el que proclamaba su nueva fe, acabado el cual instó, con vehemencia al propio cuestor a abrazar el Cristianismo con toda diligencia.
Muy apesadumbrado quedó Marcelo, hombre, aunque acérrimo pagano, de noble corazón y buenos sentimientos, de modo que aún intentó disuadir a Quinto Cayo de lo que, en su opinión, solamente era una obnubilación harto peligrosa. "Sacrifica ante el ara sagrada de César" —dijo— "y pelillos a la mar." Lo que no dejaba de ser un punto de vista sensato en los tiempos que corrían, pues, de no retractarse el patricio, se vería él mismo obligado a cumplir su molesta función cuestora por palmarias razones de seguridad personal, cosa que indudablemente comportaría una escabechina de Cayos con todas las de la ley. Todo fue en vano: mandó salir el obstinado a toda su gente, y con ellos improvisó un coro procesional entre los olivos de la finca, y con muy bien armonizadas voces insistieron todos a voz en cuello en sus cánticos heterodoxos. Sólo uno de los libertos parecía poco entusiasmado con tan suicida ceremonia, y salmodiaba entre dientes la melopea en tanto miraba de soslayo al cuestor, como aquel que proclama estar haciendo el paripé. Se trataba del pedagogo Ático, filósofo cínico natural de Atenas, que había sido adquirido y posteriormente manumitido por Cayo. Pero el cuestor Marcelo no reparó en el detalle, afligido como estaba sobremanera por la negativa y aun recalcitrante actitud de aquella panda de locos autodestructivos, que así los iba reputando para su coleto.
Sin otro recurso y muy contra su buena voluntad, hubo Marcelo de ordenar a sus soldados que encadenasen a Quinto Cayo y a toda su gente, con el objeto de conducirlos a Roma donde, con toda probabilidad, les aguardaba el suplicio más afrentoso y desagradable. Visto el sesgo que iban adquiriendo los acontecimientos, intentó Ático ser personalmente escuchado por el cuestor, ya que en realidad se había sumado a la conversión masiva más por educación y por no dar la nota, que por obra de la gracia santificante, de modo que se proponía abjurar sin titubeos de su nueva religión, si es que ésta podía costarle el pellejo. Dicho queda que él era un filósofo cínico. Pero los rudos mílites de la escolta no estaban para andarse con sutilezas, así que acallaron a mojicones la pretensión del pedagogo y lo metieron en la fila encadenado a un mozo de cuadra germano, cuyo profundo desconocimiento de la lengua latina le impedía comprender nada de lo que allí estaba sucediendo.
Recorrieron, pues el camino de Roma en medio de canciones de júbilo personalmente dirigidas por el virtuoso anciano, a quien milagrosamente no abandonaban las fuerzas, para aliento de los suyos y para desesperación de los legionarios de la escolta, cada vez más atribulados ante la perspectiva de recorrer una jornada tan extensa conduciendo aquella especie de infatigable orfeón de orates. Ni la espantosa suerte que sin duda le aguardaba, ni la pérdida de su excelente finquita capuana, con el resto de sus abundantes bienes, lograban introducir el desaliento en el espíritu de Quinto Cayo, iluminado como iba por la fe. Incluso danzaba alegremente sin reparar en el peso de las cadenas, con las que alguna que otra vez hubo de enredarse hasta caer sobre las duras piedras de la calzada.
Ático maldecía, por su parte, la mala suerte de haber caido en una familia de chiflados, en vez de haber sido acogido por algún gordo patricio vividor y amigo de los placeres. Intentó transmitirle su inquietud al germano, pero éste dicho queda que no hablaba otra lengua que su endiablada jerga tribal, y se limitó a encogerse de hombros y a preguntar en mal trabado sermo vulgaris si los iban a tener sin comer todo el camino, que era una de las pocas frases que había conseguido aprender en diez años de servidumbre. Ático se desesperaba al pensar que, cuando su viejo señor había adquirido la manía de convertirse, él, Ático, había pensado que se trataba de una chaladura inofensiva, motivo por el que se había sumado a la fiesta sin mayor problema. Encontraba sugerentes e ingénuos, aunque sin duda poco originales, los textos que manejaban aquellos cristianos, rechazaba la estética de la cruz en su fuero interno, y procuraba, en suma, no desentonar en la casa, mientras iba acrecentando los ahorrillos con que pensaba regresar e instalarse en la vieja y sabia Atenas. Volvió luego el rostro hacia el grupo de las esclavas ex—concubinas de su señor, calculando que entre ellas tal vez pudiera encontrar algún espíritu libre, un alma gemela a quien comunicar sus razonables inquietudes; pero su perplejidad subió de punto cuando comprobó que las muy cretinas eran las que más fuerte cantaban, e incluso habían sustituido los provocativos atuendos de antaño por sobrios ropones de parda estameña y sus rostros sin maquillar se habían vuelto más parecidos a los de las vírgenes vestales que a los de las eficaces hetairas que él había conocido en los buenos tiempos de la casa, cuando allí se celebraban estupendos banquetes y descomunales orgías. Ático, a partir de esta observación, andaba ya firme y definitivamente mosqueado.
Cuando llegaron a Roma, cuyas pobladas calles atravesaron entre insultos, rechiflas y alguna que otra pedrada, fueron introducidos en una sórdida y maloliente mazmorra, donde días más tarde se personó un pretor muy diplomático decidido a acabar con aquella engorrosa situación, obligando al paciente Quinto Cayo a dejarse de hacer el estúpido y a sacrificar ante el altar de César públicamente y a parar ya de complicarle la vida a todo el mundo con una conducta excéntrica e inconveniente a todas luces. Pero el cada vez más inspirado anciano se declaró abiertamente relapso y no paraba de meter la pata, según apreciación personal del liberto Ático, dale que te pego con sus cancioncitas piadosas y sus fervientes confesiones de fe. Aquello iba a acabar de muy mala manera, sin lugar a dudas.
Y así fue, porque cuando al pretor Tulio Lucio se le acabó la paciencia y se le levantó una tremenda jaqueca por culpa de los sermones de Quinto, seguidos de las habituales manifestaciones líricas corales a cargo de la familia Caya en pleno, optó por fórmulas más violentas de persuasión. Por cierto que T.Lucio, aunque era persona pragmática y bien educada, gastaba bastante peor leche que el buen cuestor Marcelo, y carecía de tontos prejuicios humanitarios a la hora de sacar adelante su trabajo, y su trabajo consistía a la sazón en hacer abjurar por cualquier sistema a un cabezón de vejestorio, y la obcecación del tal no iba a suponer un fracaso profesional para una persona acreditada por su excelente capacidad ejecutiva, como era T. Lucio. Por otra parte, le habían incomodado las reiteradas demandas, por parte de Quinto Cayo, para que él mismo abrazase una estúpida religión de esclavos sanguinarios, tontería que desde luego no pensaba cometer bajo concepto alguno. El pretor se había molestado en preparar un excelente discurso suasorio según todas las reglas, y en él había traído a colación toda la historia de los Cayos, desde Tarquino hasta el momento presente, para ver si un poco de perspectiva histórica hacía entrar en razón a aquel vejete cabezota; había pasado del estilo ático al lacónico con una exquisita corrección... En fin, que se había tomado muchísimas molestias, para que al final le salieran con la bernardina de la conversión, la venta de sus bienes y la entrega del importe a los pobres ¡Todo tiene sus límites!
Así fue como los familiares de Quinto Cayo en masa fueron conducidos al tormento, cosa que el patricio pareció agradecer de todo corazón, pues su semblante se veía tan sereno y satisfecho como nunca. En cambio, a Ático se le heló la sangre en las venas nada más ver las espantosas máquinas de tortura acumuladas en la lúgubre espelunca que regían los verdugos, de manera que se dirigió al decurión más próximo y manifestó con un hilillo de voz:

— Mire: le aseguro a usted que en mi caso hay un grave error...

Pero lo único que logró fue recibir una nueva tanda de soplamocos y patadas y una respuesta nada cortés.

— Tú, a callar y a la fila. Aquí se habla cuando a uno le preguntan, griego de mierda.

Ático pensaba haber dicho que él no tenía inconveniente alguno en abjurar de todas las religiones habidas y por haber, que él era un filósofo cínico y que, por añadidura, no era capaz de resistir el dolor corporal, ni la vista de la sangre, pero tuvo la mala suerte de topar con un decurión sumamente puntilloso en materia de disciplina y, por añadidura, muy jerárquico. Al decurión no le pareció bien que alguien rompiese el silencio en formación, y aún le pareció peor que un simple liberto abriese el pico sin licencia de su amo, aunque éste se hallara convicto y preso en aquel momento. Por eso le sacudió a Ático y lo mando callar, porque él era una persona de orden.
El buen patricio y los suyos continuaron con los himnos eclesiales durante todo el salvaje proceso de las torturas, si bien es cierto que el coro iba quedando paulatinamente mermado, al serle sustraidas algunas de las mejores voces por los implacables verdugos. En cuanto a Quinto Cayo, observó conmovido, pero firme, cómo sus dos hijos mayores eran fritos en una gran caldera de aceite, fue testigo de cómo todas las vírgenes de la casa eran objeto de la rutina de la violación y posterior descuartizamiento, hubo de soportar las palabrotas en paleogermano dialectal que emitió el mozo de cuadra monolingüe, cuando lo flagelaron con cadenas cubiertas de púas... Pero no abjuró de la fe, ni tampoco lo hicieron los supervivientes que le acompañaban. Ático no pudo hacer ni decir nada, porque se había desmayado nada más ver las burradas de que eran capaces aquellos romanos contra sus semejantes. A cada nueva atrocidad que los verdugos iban perpetrando contra los cristianos, el pretor, cada vez más fatigado y desalentado, preguntaba al anciano patricio si iba viendo ya las cosas con más claridad, y este acentuaba lo categórico de sus negativas, y añadía algunas frases de perdón hacia sus crueles victimarios, que a T. Lucio le descomponían hasta hacerle perder su proverbial flema e incluso los buenos modales:

— ¡Pero, coño, pero será posible...! Pero ¡La madre que te parió! ¿Quién tendrá aquí que perdonar a quién?...

Finalmente, el pretor T.Lucio estaba absolutamente desanimado, porque se había dado cuenta de que allí no había nada que hacer, de manera que adoptó la determinación de rematar la faena en plan chapucero, ordenando la ejecución de Quinto Cayo y su mermada familia, en vista de que era incapaz de finalizar con la brillantez esperada, logrando la apostasía pública del valeroso patricio. Lamentablemente no era temporada de circo, así que no resultaba factible organizar una cosa formal, con leones, osos y otros predadores de gran tamaño, ni obligar a los infelices cristianos a enfrentarse a una horda de nubios armados de arcos y flechas, espectáculo por el que el fracasado pretor sentía una especial debilidad. Por otra parte, mejor sería que Calígula no se enterase de su indiscutible fallo procesal, pues el Emperador, aunque aún era jovencito, ya iba mostrando unas tendencias de lo más desagradables a tomarla con sus más afectos y competentes colaboradores. En consecuencia, se decidió arrojar a los Cayo a una profunda cisterna seca y dejarlos morir allí, porque tampoco era cosa de que se largaran tan tranquilos a proclamar por todas partes la ineficacia del pretor Tulio Lucio.
Así se hizo, y cuentan que fue asombroso y edificante ver cómo un anciano de ochenta años, como Quinto Cayo, se tiraba sonriente al horrible y oscuro agujero, como aquel que se lanza al tepidarium de las termas en ágil salto. "Un desastre", pensó el desconcertado pretor, que por lo menos esperaba disfrutar del normal pánico de su víctima en el momento de consumarse el horrendo suplicio, y, en cambio, hubo de aguantar que el chalado aquel le bendijese y hasta le agradeciese de corazón el inestimable regalo de la palma de los mártires.
Ático, no, Ático fue arrojado al pozo a tirones y sin conformidad de ninguna clase. Lloraba, chillaba, moqueaba y se orinaba. Lo habían tenido que sacar de su desmayo a patadas en los riñones:

— ¡Un momento! ¡Un momento! ¡Puedo explicarlo todo!

Pero, precisamente, lo que T. Lucio pretendía era que nadie fuese por ahí explicando nada, con que agarraron al infeliz pedagogo por las barbas y lo tiraron con los demás a la cisterna, donde en breve pereció con ellos a consecuencia del politraumatismo y la inanición. Y, encima, hubo de soportar en sus últimas horas los dulces reproches de su antiguo amo, consternado con la deficiente conducta de uno de sus hermanos de martirio.

Afortunadamente la Iglesia Católica reparó siglos más tarde el desaguisado, pues canonizó a todos aquellos santos mártires, incluido Ático, de cuya vergonzosa capitulación nadie pudo informar a la congregación competente. Así que San Ático subió a los altares y ahora hasta es el santo patrono de varios pueblos de Grecia, donde cada año le dedican bonitas procesiones y fervorosas novenas.

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lunes 21 de diciembre de 2009

UN VERDADERO AGUAFIESTAS


La importancia de los idiomas en la educación cada día vamos teniéndola todos más clara. Por muy bien articulado que esté un sistema educativo y por muchos recursos que emplee en él el Estado, si no se cuida el estudio de todo tipo de lenguas, todo habrá sido en vano y habremos estado perdiendo el tiempo.
Así lo pensaron los papás del joven Daniel, quienes residían como emigrantes en un país extranjero, Babilonia en concreto, y por eso habían sufrido la amarga experiencia de tener que enfrentarse a una nueva vida sin el adecuado dominio de la lengua local. El día que su chico, ya adolescente, les planteó su propósito de seguir la carrera de profeta, ambos convinieron en una misma opinión:

- De acuerdo; puedes matricularte donde quieras; la profecía puede ser un camino de porvenir, pero siempre y cuando te comprometas a aprender idiomas simultáneamente.

El muchacho comprendió que sus padres tenían toda la razón del mundo y se puso concienzudamente con el caldeo, el arameo, el hitita, el egipcio (hierático y demótico) y todas las lenguas de más uso y porvenir de la época, entre las cuales, como luego se demostró, el persa no ocupaba precisamente el último lugar. De día se preparaba seriamente para profeta y dedicaba parte de la noche al estudio de las lenguas. La abundante presencia de turismo internacional en Babilonia le resultó de gran utilidad para la práctica de diversos idiomas, pues solía acercarse en sus ratos libres por los famosos jardines colgantes, foco principal de atención para los visitantes extranjeros, y allí trababa conversación con ellos y, en particular, con damas solitarias, que veían en el apuesto israelita una valiosa fuente de información histórica, a la par que un interesante modo de establecer contacto más estrecho con la población local.
Consiguió Daniel a base de sacrificio intelectual y físico de todo género, no sólo acabar brillantemente su carrera de profeta y convertirse en un excelente políglota, sino también financiar en parte sus estudios merced a los generosos donativos de las mencionadas damas solitarias.

Así que cuando fue llamado a palacio por el propio rey Baltasar para que actuase como traductor, se hallaba en perfectas condiciones para cumplir su cometido.
Máxime porque la pintada que apareció en el salón del banquete y que tan intrigados tenía a sabios, comensales, esposas y concubinas la había hecho él mismo la noche anterior con pintura simpática, combinando sus habilidades lingüísticas con algunos trucos adquiridos en la escuela superior de profecía. En efecto, el uso de tintas simpáticas parece atestiguado desde el Egipto del primer imperio y, desde luego, ya en el siglo VII a.C. los profetas de Israel dominaron a la perfección gran cantidad de técnicas de origen egipcio, como la del bastón convertido en serpiente y otras semejantes.
Gracias a estos conocimientos y al libre acceso a palacio concedido anteriormente al todavía inexperto profeta por un Nabucodonosor a quien la historia recuerda como hombre más bien pusilánime, Daniel pudo colarse de rondón en la sala, pintarrajear la pared y marcharse tan campante, seguro de que a la noche siguiente el calor de los propios platos y el procedente de las antorchas harían el resto del trabajo, reavivando la pintura simpática. Nabucodonosor, el padre de Baltasar, no sólo era apocado, sino que unía a ese defecto una superstición enfermiza, así que en cuanto el entonces primerizo profeta le metió el alma en el cuerpo con cuatro artimañas de las más elementales, tuvo las llaves de la casa y hubiera tenido todo lo que le hubiera venido en gana, pero no quiso abusar y se limitó a aceptar el nombramiento de director general de sabios y magos de palacio, más que nada para poder contar con unos ingresos fijos.
Ya habían terminado el soufflé cuando en la pared comenzaron a dibujarse unas sombras cada vez más claras y patentes. La primera en verlas fue una de las concubinas, que estaba a cuatro patas en aquel momento y muy aburrida de aguantar en aquella posición las atenciones de su compañero de mesa, pero incapaz de faltar a las reglas del protocolo que regían los banquetes de Baltasar, famosos por su licencia y desmesura. La concubina examinaba atentamente la decoración de la pared que tenía en frente cuando comenzaron a aparecer las inscripciones que le parecieron al principio manchas de humedad:
- Alguien ha debido de dejar abierto un grifo en el piso de arriba.
Nadie le hizo caso, porque acababan de servir unos gansos trufados y los comensales se aplicaban a meter los dedazos en el sustancioso plato.
-¡Anda, pues si ahora parecen letras!
Baltasar interrumpió entonces la tarea de mordisquear un muslo de ganso y miró de reojo a la pared que señalaba la concubina. Como era un rey muy curioso y había heredado de su padre la manía de la superstición, reaccionó con algo de nerviosismo y mandó llamar a alguien que supiera leer, porque lo que es sus invitados no había que contar con ellos. El que más y el que menos estaba borracho o fornicando o las dos cosas a la vez y, además, la mayoría eran analfabetos a mucha honra.
Pero, como muy bien cuenta la Biblia y en eso tiene razón, ninguno de los magos y sabios de la corte era capaz de descifrar la escritura, lo cual es perfectamente lógico, porque el avispado Daniel la había puesto en un alfabeto universal que se había inventado para su propio uso y que sólo el conocía, y era una especie de taquigrafía especial que nadie sabía leer, menos él. De hecho, con poquísimas letras se podían escribir cantidad de frases e ideas con aquella escritura tan inteligente, con la que, por añadidura, se ahorraba mucha tinta y mucho papel.
Total, que cuando los sabios y magos se habían rendido y estaban hartos de que Baltasar y los demás comensales les tirasen migotes de pan, cáscaras de fruta y huesos de cordero, por ineficientes, clamaron afligidísimos pidiendo que se recurriera a Daniel, al que tenían una espantosa envidia, pero sin dejar de reconocerle mérito. Eso a los comensales no les hizo demasiada gracia, porque Daniel tenía fama de aguafiestas y los más veteranos recordaban con disgusto los hábitos de sobriedad espartana que Nabucodonosor había introducido en la corte a instancias del prudente israelita.
En efecto, Daniel era una persona ahorrativa a quien su madre había enseñado desde pequeñito a aprovechar la ropa y a reciclar los restos de la cena, motivo por el cual estaba indignado en aquellos días por el despilfarro que se gastaba la corte de Baltasar, en la que incluso habían hecho sacar los vasos de oro del templo para usarlos en el diario banquete. Daniel pensaba que bien podían apañárselas con la vajilla de diario y no desgastar tontamente unos cacharros tan costosos, que se podían abollar o ser sustraídos por cualquier desaprensivo. Esa opinión era compartida por la mayor parte de los israelitas inmigrantes.
Pues, como Daniel ya se maliciaba lo que iba a pasar, andaba por allí cerca a la espera y no tardó en presentarse en el salón haciéndose el despistado. El Rey Baltasar habló:
- A ver, profeta, léenos esos letreros, pero sin pasarte, que te conozco.
- Pues muy fácil: ahí dice: “MANE, THECEL Y PHARES”, vaya tontería.
Daniel se carcajeaba para sus adentros.
- ¿Y qué diablos es eso de mane...?
- Mane quiere decir, sintetizando: “el Señor ha puesto término a tu reinado”, pero añade algunas consideraciones sobre la monarquía hereditaria y luego se extiende en un discurso político bastante complejo sobre el origen del poder en varias naciones antiguas y modernas; por lo que respecta a la proyección filosófica y teológica de esta expresión...
- ¡Basta! Vamos a “thecel”.
- Sí, thecel, parece bastante claro: “has sido puesto en la balanza y has sido hallado falto de peso”; luego siguen otras expresiones alegóricas con sus glosas correspondientes, que en conclusión...
Baltasar se palpó el abultado estómago producto laboriosamente adquirido en años de banquetes ricos en grasa y proteínas. Aquello de la falta de peso le parecía una broma de mal gusto.
- Te dije que no te pasaras. Traduce lo de “phares” y ándate con ojo, que te veo venir.
- Pues la verdad es que con lo de “phares” la has cagado bien cagada, porque quiere decir “tu reino ha sido dividido y repartido entre medos y persas”. Luego explica los términos exactos del reparto con una contabilidad bastante precisa de lo que le toca a cada uno detraídos gastos. De hecho...
El rey Baltasar estaba ya en ese momento seriamente alterado y le salían todos los tics imaginables.
- ¡Eso no tiene ninguna gracia!
- ¡Ah! Se siente...
Fue en aquel momento cuando el ejército de Darío irrumpió en la sala del banquete y no dejó títere con cabeza, dato que Daniel poseía desde hacía un par de semanas gracias a su conocimiento de las lenguas, porque los medos y persas que andaban por la ciudad no se recataban de anunciarlo a voces en sus respectivos idiomas, sin que los habitantes de Nínive se percatasen, a causa de su desidia en el aprendizaje de las lenguas extranjeras. Los tomaban simplemente por turistas borrachos y se iban a su asuntos.
Daniel se escondió debajo de una mesa mientras duró la escabechina y cuando los persas se largaron con las sobras de la comida, se quedó dormido allí mismo.
Soñó con un foso lleno de leones, lo cual era premonitorio de otra anécdota en la que, como sabemos, al profeta sólo le puso a salvo su labia y su conocimiento de los lenguajes animales.

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