domingo, 21 de enero de 2007

La sombra de Harry Potter


LA SOMBRA DE HARRY POTTER

A los niños, normalmente, hay que hacerles leer libros que les hagan aborrecer la lectura para siempre. Por lo menos, es preciso que lean cosas perfectamente inadecuadas para su educación. También se les puede obligar a leer libros buenos, pero de forma tal que su lectura lleve aparejadas unas condiciones que la hagan completamente aborrecible.
En este último caso, cabe proporcionarles, por ejemplo: “El libro de la selva”, de Kipling. Pero tendrán que realizar un examen en el que se comprobará si recuerdan todos los nombres de los personajes, se les exigirá adjuntar un trabajo sobre Rudyard Kipling y la Inglaterra colonial o se les mandará realizar un resumen de la obra capítulo por capítulo. El escolar que atraviese tan amarga experiencia queda garantizado como futuro analfabeto funcional, o, lo que es peor, como un adepto a las perversas versiones cinematográficas Disney.
La cosa parece que viene de lejos, porque de destripar los cuentos infantiles (antes simplemente “populares”) ya se ocuparon en su día don Vladimir Propp y don Bruno Bettelheim, por ejemplo. Al niño conviene mantenerlo en un saludable estado de acoxono y dependencia desde bien pequeñito.
La complicación decimonónica trajo consigo un blandengue y fétido didactismo, que se refleja como en ningunas otras obras en engendros, como “Corazón” del infame Edmundo D’Amicis, o “Mujercitas” de la delincuente Louise May Alcott. Por cierto que, como todo puede empeorarse, poniendo un poco de esmero, parte del primero de los toches sufrió una despiadada agresión televisiva a manos del niño Marco y su monito japonés. No menos sucedió con la pseudo – roussoniana “Heidi” perpetrada inicialmente por doña Johanna Spyri.
Mención aparte merece el capítulo de obras netamente adecuadas para adultos caprichosamente etiquetadas como lecturas infantiles, tal que “Los viajes de Gulliver” o “Alicia en el país de las maravillas”, hijas respectivamente de la filosofía de Swift y de la perversidad de Dodgson, alias Carroll. Cumbres del disparate escolar ocupan las lecturas implacablemente obligadas del Quijote y el Lazarillo, que han causado tantas bajas entre la potencial población lectora de España.
Mi consternación más reciente en esto del libro para mocitas y mocitos la provocó, desde su salvaje irrupción en alas del mercado, el desagradable niño Harry Potter (Haroldito Ollero, si castellanizamos el nombre de la criaturita). Como todavía me queda algo de sentido ascético de evidente raíz judeo-cristiana, me empapé el primero de la serie, porque me pareció sociológicamente obligado, y juro a vuesasmercedes que acabé con mis pocos pelos como escarpias. ¡Joder con la criaturita y su mamá la señora Rowlings!
No insistiré en las adecuadas descalificaciones que ya emitiera en su momento una autoridad, como es Harold Bloom, pero remacheré mi desagrado ante la moralina del éxito que dimana la obrilla, la ausencia de verdadera fantasía, su pedestrismo constructivo y la elusión de cualquier referencia a realidades del pre-púber tan manifiestas como el sexo o la travesura gratuita.
Atónito y suspenso queda uno cuando en un examen de ingreso a cierta escuela de Arte Dramático, un número significativo de candidatos señala entre sus lecturas recientes alguno de los libros del nene de las escobas de marca. ¡Ay mi madre!

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