sábado, 1 de diciembre de 2007

NAVIDALGIA




Nada, que ya está aquí, que los emporios comerciales y las autoridades municipales han decretado que durante un largo mes andemos sumidos en el síndrome navideño, cuyo principal síntoma es la “navidalgia”, un cuadro complejo, en el que se amontonan las desmedidas ansias por comprar, la irreprimible pulsión por salir a la calle a pelarse de frío, la tendencia a sobrealimentarse en circunstancias no deseadas; particularmente en las llamadas cenas de empresa y afines... Y lo que es más peligroso: el componente psicológico de tiernos y positivos sentimientos hacia la humanidad, o, al menos, una parte de ella, alimentados por la emisión televisiva de los más vomitivos productos seudo – filantrópicos.

Que el perverso espíritu de Ebenezer Scrooge nos guarde de todo mal, porque, lo que es las autoridades, el comercio y los medios de comunicación, no sólo no nos protegerán, sino que se cebaran con nosotros y, más aún, con los más indefensos, que suelen ser los niños; aunque sobre este particular uno llega a albergar serias dudas.
En estas fechas uno llega a ser testigo de fenómenos verdaderamente perversos, como, por ejemplo, la organización de una nevada artificial en Málaga, por aquello de las navidades blancas, que son un evidente producto de importación con fines comerciales. Mucha imaginación hay que echarle para suponer que en el Belén natal de Jesucristo cayera un mísero copo de nieve; tanta como la necesaria para pensar en un diciembre nevado en Buenos Aires o en Santiago de Chile. Cierto que para justificar circunstancias climáticas tan imaginativas, siempre nos quedará el primo de Rajoy, pero aún así.

La verdad es que, desde mi perspectiva agnóstica (o atea, no estoy seguro), casi prefería las viejas navidades católicas, con su Belén, su pandereta y sus corralitos de pavos vivos y puestos de musgo y corcho en la Plaza Mayor de Madrid. Al menos, me parecían menos agresivas y más candorosas.

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