miércoles, 13 de mayo de 2009

CADÁVERES PARLANTES Y OTROS EFECTOS



En el barroco tardío tuvieron mucho éxito las llamadas “comedias de magia”. Las obras de Cañizares, Zamora, Bances Cándamo y compañía hicieron las delicias de un público ansioso de emociones fuertes y trucos de toda índole. Ciertos autores románticos tampoco se cortaron un pelo en tocante a truculencia y demasía escénica.
Uno de los números más celebrados y efectivos era el del cadáver parlante. Y es que impresiona ver cómo el finado se incorpora de golpe y porrazo y pone al descubierto los entresijos de un misterio insoluble para los vivos, o profetiza en plan oráculo algo muy gordo, que indefectiblemente sucederá. Claro que tampoco es moco de pavo el truco del espectro que escribe en un muro con su dedo ensangrentado algún arcano de no te menees, o explica a los circunstantes lo que hay que hacer (o no) para no correr su terrible suerte en los humeantes azufres infernales.
Los comentarios y opiniones de los occisos parecen gozar de un especial predicamento. Y también es que los hay verdaderamente parlanchines, presas de una terrible verborrea. Se ve que, como a ellos ya no les afecta lo que pase o deje de pasar en este valle de lágrimas, pues se lanzan a soltar todo lo que se les ocurre. ¡Ancha es Castilla, que el rey paga!
Con determinados políticos finados (en condición de tales) sucede algo muy parecido. El caso Aznar puede ser el más representativo, aunque no el único, dentro de la especie de espectros políticos locuaces. Yo no he leído su reciente libro, o recetario de infalibles soluciones para todo en general, pero, por lo que dicen las lenguas de la plebe, me da que se ha metido en sudario de once varas sin reparar en gastos. Y no es la primera vez.
Las reacciones de los vivos frente a las macabras travesuras del fantasma, aparecido, zombi o afín suelen ser de lo más variadas. Algunos, los más ingenuos o sugestionables, escuchan maravillados y se creen a pies juntillas el discurso del más allá; otros sudan frío barruntándose las funestas consecuencias que pudiera acarrearles la incontinencia verbal del irresponsable occiso… En fin, que cada quisqui sale por donde puede o por donde le conviene, pero el efecto es de éxito asegurado, funciona.
Personalmente, recomendaría no tomarse muy en serio tales epifanías de ultratumba. Una fantasmada no dejará de ser eso: una fantasmada.

2 comentarios:

Alejandra dijo...

¡Qué bonito es el teatro!:)

Paco Tejedo dijo...

Hola, soy Paco Tejedo y he encontrado por casualidad uno de tus Blogs.
Como enamorado del teatro te diré que es mía la única versión dramática completa del "Asno de oro"
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