
La conversión y martirio del patricio romano Quinto Cayo es aún memorable y grandioso testimonio para toda la Iglesia (jerarquía, clero y pueblo: toda la Iglesia), que enriquece su mística corona con los brillantes florones y ricos joyeles en que cuaja la sangre de sus mártires.
En el caso del santo patricio Quinto Cayo, el honor y la gloria del martirio alcanzan proporciones sublimes, puesto que el anciano se convirtió y padeció el martirio con toda su familia, compuesta de más de cien almas, entre cónyuge, hijos, consanguíneos, clientes, libertos y esclavos manumitidos.
Quedaron los fieles edificados, y confundidos los gentiles ante la sublime serenidad con que Quinto Cayo recibió al cuestor que se había trasladado hasta su finca de Capua, para comprobar lo que había de cierto en las habladurías, extendidas en el Foro durante las últimas semanas, sobre el supuesto abandono del culto al César, el cruel y extravagante Emperador Calígula por desdicha, por parte de la familia Caya. El cuestor Marcelo había llegado preocupadísimo y, desde luego, muy poco inclinado a creerse la especie difundida sobre unas personas tan respetables, cuyo cabeza de familia había prestado servicios notabilísimos a la re pública, como cuando sufragó aquel suntuoso espectáculo de escitas y panteras en el Circo Máximo. Tenía que tratarse de una trola propalada por gente envidiosa de la mucha que poblaba la Ciudad. Pero el noble Quinto Cayo dejó de piedra a Marcelo cuando, lejos de desmentir airadamente especie tan ofensiva, tomó su báculo y comenzó a dibujar sobre la arena del jardín una serie de pececitos adornados con las letras helénicas A y . Inquieto el cuestor ante actitud tan sorprendente, preguntó al buen anciano por el significado de aquellos símbolos, a lo que éste repuso con un jubiloso cántico en el que proclamaba su nueva fe, acabado el cual instó, con vehemencia al propio cuestor a abrazar el Cristianismo con toda diligencia.
Muy apesadumbrado quedó Marcelo, hombre, aunque acérrimo pagano, de noble corazón y buenos sentimientos, de modo que aún intentó disuadir a Quinto Cayo de lo que, en su opinión, solamente era una obnubilación harto peligrosa. "Sacrifica ante el ara sagrada de César" —dijo— "y pelillos a la mar." Lo que no dejaba de ser un punto de vista sensato en los tiempos que corrían, pues, de no retractarse el patricio, se vería él mismo obligado a cumplir su molesta función cuestora por palmarias razones de seguridad personal, cosa que indudablemente comportaría una escabechina de Cayos con todas las de la ley. Todo fue en vano: mandó salir el obstinado a toda su gente, y con ellos improvisó un coro procesional entre los olivos de la finca, y con muy bien armonizadas voces insistieron todos a voz en cuello en sus cánticos heterodoxos. Sólo uno de los libertos parecía poco entusiasmado con tan suicida ceremonia, y salmodiaba entre dientes la melopea en tanto miraba de soslayo al cuestor, como aquel que proclama estar haciendo el paripé. Se trataba del pedagogo Ático, filósofo cínico natural de Atenas, que había sido adquirido y posteriormente manumitido por Cayo. Pero el cuestor Marcelo no reparó en el detalle, afligido como estaba sobremanera por la negativa y aun recalcitrante actitud de aquella panda de locos autodestructivos, que así los iba reputando para su coleto.
Sin otro recurso y muy contra su buena voluntad, hubo Marcelo de ordenar a sus soldados que encadenasen a Quinto Cayo y a toda su gente, con el objeto de conducirlos a Roma donde, con toda probabilidad, les aguardaba el suplicio más afrentoso y desagradable. Visto el sesgo que iban adquiriendo los acontecimientos, intentó Ático ser personalmente escuchado por el cuestor, ya que en realidad se había sumado a la conversión masiva más por educación y por no dar la nota, que por obra de la gracia santificante, de modo que se proponía abjurar sin titubeos de su nueva religión, si es que ésta podía costarle el pellejo. Dicho queda que él era un filósofo cínico. Pero los rudos mílites de la escolta no estaban para andarse con sutilezas, así que acallaron a mojicones la pretensión del pedagogo y lo metieron en la fila encadenado a un mozo de cuadra germano, cuyo profundo desconocimiento de la lengua latina le impedía comprender nada de lo que allí estaba sucediendo.
Recorrieron, pues el camino de Roma en medio de canciones de júbilo personalmente dirigidas por el virtuoso anciano, a quien milagrosamente no abandonaban las fuerzas, para aliento de los suyos y para desesperación de los legionarios de la escolta, cada vez más atribulados ante la perspectiva de recorrer una jornada tan extensa conduciendo aquella especie de infatigable orfeón de orates. Ni la espantosa suerte que sin duda le aguardaba, ni la pérdida de su excelente finquita capuana, con el resto de sus abundantes bienes, lograban introducir el desaliento en el espíritu de Quinto Cayo, iluminado como iba por la fe. Incluso danzaba alegremente sin reparar en el peso de las cadenas, con las que alguna que otra vez hubo de enredarse hasta caer sobre las duras piedras de la calzada.
Ático maldecía, por su parte, la mala suerte de haber caido en una familia de chiflados, en vez de haber sido acogido por algún gordo patricio vividor y amigo de los placeres. Intentó transmitirle su inquietud al germano, pero éste dicho queda que no hablaba otra lengua que su endiablada jerga tribal, y se limitó a encogerse de hombros y a preguntar en mal trabado sermo vulgaris si los iban a tener sin comer todo el camino, que era una de las pocas frases que había conseguido aprender en diez años de servidumbre. Ático se desesperaba al pensar que, cuando su viejo señor había adquirido la manía de convertirse, él, Ático, había pensado que se trataba de una chaladura inofensiva, motivo por el que se había sumado a la fiesta sin mayor problema. Encontraba sugerentes e ingénuos, aunque sin duda poco originales, los textos que manejaban aquellos cristianos, rechazaba la estética de la cruz en su fuero interno, y procuraba, en suma, no desentonar en la casa, mientras iba acrecentando los ahorrillos con que pensaba regresar e instalarse en la vieja y sabia Atenas. Volvió luego el rostro hacia el grupo de las esclavas ex—concubinas de su señor, calculando que entre ellas tal vez pudiera encontrar algún espíritu libre, un alma gemela a quien comunicar sus razonables inquietudes; pero su perplejidad subió de punto cuando comprobó que las muy cretinas eran las que más fuerte cantaban, e incluso habían sustituido los provocativos atuendos de antaño por sobrios ropones de parda estameña y sus rostros sin maquillar se habían vuelto más parecidos a los de las vírgenes vestales que a los de las eficaces hetairas que él había conocido en los buenos tiempos de la casa, cuando allí se celebraban estupendos banquetes y descomunales orgías. Ático, a partir de esta observación, andaba ya firme y definitivamente mosqueado.
Cuando llegaron a Roma, cuyas pobladas calles atravesaron entre insultos, rechiflas y alguna que otra pedrada, fueron introducidos en una sórdida y maloliente mazmorra, donde días más tarde se personó un pretor muy diplomático decidido a acabar con aquella engorrosa situación, obligando al paciente Quinto Cayo a dejarse de hacer el estúpido y a sacrificar ante el altar de César públicamente y a parar ya de complicarle la vida a todo el mundo con una conducta excéntrica e inconveniente a todas luces. Pero el cada vez más inspirado anciano se declaró abiertamente relapso y no paraba de meter la pata, según apreciación personal del liberto Ático, dale que te pego con sus cancioncitas piadosas y sus fervientes confesiones de fe. Aquello iba a acabar de muy mala manera, sin lugar a dudas.
Y así fue, porque cuando al pretor Tulio Lucio se le acabó la paciencia y se le levantó una tremenda jaqueca por culpa de los sermones de Quinto, seguidos de las habituales manifestaciones líricas corales a cargo de la familia Caya en pleno, optó por fórmulas más violentas de persuasión. Por cierto que T.Lucio, aunque era persona pragmática y bien educada, gastaba bastante peor leche que el buen cuestor Marcelo, y carecía de tontos prejuicios humanitarios a la hora de sacar adelante su trabajo, y su trabajo consistía a la sazón en hacer abjurar por cualquier sistema a un cabezón de vejestorio, y la obcecación del tal no iba a suponer un fracaso profesional para una persona acreditada por su excelente capacidad ejecutiva, como era T. Lucio. Por otra parte, le habían incomodado las reiteradas demandas, por parte de Quinto Cayo, para que él mismo abrazase una estúpida religión de esclavos sanguinarios, tontería que desde luego no pensaba cometer bajo concepto alguno. El pretor se había molestado en preparar un excelente discurso suasorio según todas las reglas, y en él había traído a colación toda la historia de los Cayos, desde Tarquino hasta el momento presente, para ver si un poco de perspectiva histórica hacía entrar en razón a aquel vejete cabezota; había pasado del estilo ático al lacónico con una exquisita corrección... En fin, que se había tomado muchísimas molestias, para que al final le salieran con la bernardina de la conversión, la venta de sus bienes y la entrega del importe a los pobres ¡Todo tiene sus límites!
Así fue como los familiares de Quinto Cayo en masa fueron conducidos al tormento, cosa que el patricio pareció agradecer de todo corazón, pues su semblante se veía tan sereno y satisfecho como nunca. En cambio, a Ático se le heló la sangre en las venas nada más ver las espantosas máquinas de tortura acumuladas en la lúgubre espelunca que regían los verdugos, de manera que se dirigió al decurión más próximo y manifestó con un hilillo de voz:
— Mire: le aseguro a usted que en mi caso hay un grave error...
Pero lo único que logró fue recibir una nueva tanda de soplamocos y patadas y una respuesta nada cortés.
— Tú, a callar y a la fila. Aquí se habla cuando a uno le preguntan, griego de mierda.
Ático pensaba haber dicho que él no tenía inconveniente alguno en abjurar de todas las religiones habidas y por haber, que él era un filósofo cínico y que, por añadidura, no era capaz de resistir el dolor corporal, ni la vista de la sangre, pero tuvo la mala suerte de topar con un decurión sumamente puntilloso en materia de disciplina y, por añadidura, muy jerárquico. Al decurión no le pareció bien que alguien rompiese el silencio en formación, y aún le pareció peor que un simple liberto abriese el pico sin licencia de su amo, aunque éste se hallara convicto y preso en aquel momento. Por eso le sacudió a Ático y lo mando callar, porque él era una persona de orden.
El buen patricio y los suyos continuaron con los himnos eclesiales durante todo el salvaje proceso de las torturas, si bien es cierto que el coro iba quedando paulatinamente mermado, al serle sustraidas algunas de las mejores voces por los implacables verdugos. En cuanto a Quinto Cayo, observó conmovido, pero firme, cómo sus dos hijos mayores eran fritos en una gran caldera de aceite, fue testigo de cómo todas las vírgenes de la casa eran objeto de la rutina de la violación y posterior descuartizamiento, hubo de soportar las palabrotas en paleogermano dialectal que emitió el mozo de cuadra monolingüe, cuando lo flagelaron con cadenas cubiertas de púas... Pero no abjuró de la fe, ni tampoco lo hicieron los supervivientes que le acompañaban. Ático no pudo hacer ni decir nada, porque se había desmayado nada más ver las burradas de que eran capaces aquellos romanos contra sus semejantes. A cada nueva atrocidad que los verdugos iban perpetrando contra los cristianos, el pretor, cada vez más fatigado y desalentado, preguntaba al anciano patricio si iba viendo ya las cosas con más claridad, y este acentuaba lo categórico de sus negativas, y añadía algunas frases de perdón hacia sus crueles victimarios, que a T. Lucio le descomponían hasta hacerle perder su proverbial flema e incluso los buenos modales:
— ¡Pero, coño, pero será posible...! Pero ¡La madre que te parió! ¿Quién tendrá aquí que perdonar a quién?...
Finalmente, el pretor T.Lucio estaba absolutamente desanimado, porque se había dado cuenta de que allí no había nada que hacer, de manera que adoptó la determinación de rematar la faena en plan chapucero, ordenando la ejecución de Quinto Cayo y su mermada familia, en vista de que era incapaz de finalizar con la brillantez esperada, logrando la apostasía pública del valeroso patricio. Lamentablemente no era temporada de circo, así que no resultaba factible organizar una cosa formal, con leones, osos y otros predadores de gran tamaño, ni obligar a los infelices cristianos a enfrentarse a una horda de nubios armados de arcos y flechas, espectáculo por el que el fracasado pretor sentía una especial debilidad. Por otra parte, mejor sería que Calígula no se enterase de su indiscutible fallo procesal, pues el Emperador, aunque aún era jovencito, ya iba mostrando unas tendencias de lo más desagradables a tomarla con sus más afectos y competentes colaboradores. En consecuencia, se decidió arrojar a los Cayo a una profunda cisterna seca y dejarlos morir allí, porque tampoco era cosa de que se largaran tan tranquilos a proclamar por todas partes la ineficacia del pretor Tulio Lucio.
Así se hizo, y cuentan que fue asombroso y edificante ver cómo un anciano de ochenta años, como Quinto Cayo, se tiraba sonriente al horrible y oscuro agujero, como aquel que se lanza al tepidarium de las termas en ágil salto. "Un desastre", pensó el desconcertado pretor, que por lo menos esperaba disfrutar del normal pánico de su víctima en el momento de consumarse el horrendo suplicio, y, en cambio, hubo de aguantar que el chalado aquel le bendijese y hasta le agradeciese de corazón el inestimable regalo de la palma de los mártires.
Ático, no, Ático fue arrojado al pozo a tirones y sin conformidad de ninguna clase. Lloraba, chillaba, moqueaba y se orinaba. Lo habían tenido que sacar de su desmayo a patadas en los riñones:
— ¡Un momento! ¡Un momento! ¡Puedo explicarlo todo!
Pero, precisamente, lo que T. Lucio pretendía era que nadie fuese por ahí explicando nada, con que agarraron al infeliz pedagogo por las barbas y lo tiraron con los demás a la cisterna, donde en breve pereció con ellos a consecuencia del politraumatismo y la inanición. Y, encima, hubo de soportar en sus últimas horas los dulces reproches de su antiguo amo, consternado con la deficiente conducta de uno de sus hermanos de martirio.
Afortunadamente la Iglesia Católica reparó siglos más tarde el desaguisado, pues canonizó a todos aquellos santos mártires, incluido Ático, de cuya vergonzosa capitulación nadie pudo informar a la congregación competente. Así que San Ático subió a los altares y ahora hasta es el santo patrono de varios pueblos de Grecia, donde cada año le dedican bonitas procesiones y fervorosas novenas.