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martes, 13 de enero de 2009

GLOBOS



Quitarle su globito a un niño es una crueldad, una putada. No me extraña que todo el mundo se ponga tristísimo y hasta se rebele cuando alguien, infante o no, se vea desposeído de su globo.
La cosa alcanza proporciones de drama nacional cuando la criatura despojada es todo un símbolo, un emblema nacional. Incluso si es un blasón de la bobería nacional.
La prensa seria y la televisión seria se han puesto por las nubes ante el inicuo despojo global de que ha sido objeto esa señorita a la que con cierta frecuencia suelen llamar simplemente “P” o “Pe” esos prestigiosos medios. Y me parece mal, es injusto, ya que eso de P suele utilizarse por parte de escritores y hablantes eufemísticos con un sentido bastante denigratorio. “Es un hijo de p”, “la llamó p con todas las letras”, etc. Ignoro los detalles de su vida privada, pero yo no creo que sea como para motejarla así. Otra cosa es que emplee sus indiscutibles encantos físicos con objeto de promoción y subsiguiente lucro, cosa que hacen muchas otras personas famosas y nadie se echa las manos a la cabeza.
Yo creo que esa señorita es muy mala actriz. Por lo que yo he visto en el cine, por muy bien dirigida que esté, no se libra de una voz nasal y de una expresividad muy escasita. Lo que sucede es que para obtener globos o estatuillas de distintos valores maldita la falta que hace ser buen actor o actriz. Se trata de operaciones de mercado, donde lo que se valora es un producto en venta, no un artista. Si a la señorita ésa no le han dado su globito, será porque había otro producto de mejor y más lucida venta, así que no hay por qué ponerse de esa manera.
A lo mejor proponiéndola para un Premio Nobel la cosa cuajaba. Si hasta Shimon Peres tiene uno…¡De la Paz!

lunes, 11 de febrero de 2008

TEATROS DE DISEÑO



El viernes pasado fuimos a ver una función que estaba muy bien. Y eso sí que tienen mérito en los tiempos que corren. Pero ya digo que sí, que lo pasamos estupendamente porque todo estaba bien hecho. Era un texto muy original y divertido de Juan Menchero, que se llama “La eterna velada de Strass & Perlowitz”. Aunque parezca mentira, la obra está escrita en un castellano rico y bien manipulado y hasta tiene su conflicto, sus personajes y todas esas antiguallas, que algunos carrozas seguimos exigiendo. Pues, para que vean, se trata de un autor joven, al que aún no tengo el gusto de conocer, pero todo llegará.
El espectáculo había sido excelentemente dirigido por otro joven: Oscar Miranda, a quien sí tengo el honor de conocer, y lo interpretaban dos auténticos actores, dos actores como la copa de un pino: Arantxa Martí y Álvaro de Mayo, con el eficaz apoyo de las bailarinas Paloma Sánchez de Andrés y Marta Dalmau, que lo hacían más que correctamente. La verdad es que esto de hablar de teatro sin ponerme malévolo me hace sentirme algo raro, pero así fue y así lo cuento.
Claro que “no son todos ruiseñores los que cantan entre las flores”, y alguna pega tenía que haber. La representación tuvo lugar en el nuevo Centro Cultural Moncloa, de Madrid, que acaba de ser arreglado y puesto en marcha por las autoridades municipales. De la programación se ocupa la joven y animosa Ainhoa Amestoy, y debo decir que se está esmerando, pero...
Pues el pero es que el llamado “teatro” de ese centro no es un teatro, es cualquier cosa, menos un teatro. Alguien ha imaginado un espacio en formato de hemiciclo, o más bien de tarta de cumpleaños, esmerándose en que la visibilidad desde una buena parte de la sala fuera prácticamente nula. Este creativo ser se ha preocupado de que el escenario tuviera una altura muy, pero que muy limitada y que la “corbata” o proscenio, ese espacio que, con criterios menos artísticos, se extiende desde el telón de boca hasta el borde de la escena, supusiera no menos de dos tercios del espacio escénico total, que, a su vez, no mide más allá de veinte o treinta metros cuadrados dispuestos en forma circular, como es de rigor. El suelo de ese escenario es bien bonito, de un material evidentemente noble, con la pequeña pega de que ahí no se puede meter un clavo ni un tornillo para sustentar escenografía...
El día de la función que digo, había en el fondo un pequeño conjunto musical, de modo que los denodados actores se vieron obligados a hacer la función encima del respetable, porque allí no se cabía.
Un perfecto desastre.
Y lo malo es que no se trata de un caso singular. Son cientos los teatros y teatrillos a lo largo y a lo ancho de la ibérica geografía ideados por evidentes enemigos del arte dramático en cualquiera de sus formas y manifestaciones. Supongo que el político de turno convoca a un arquitecto, o diseñador, o lo que diablos sea, un sujeto o sujeta extraordinariamente creativo, un portento de imaginación y ambos se lían a elucubrar en términos de la más elevada y moelna exigencia estética, echan mano de abundantes recursos del erario público y sueltan su parida, lista para la inauguración. Pero sólo para la inauguración, porque aquello no dispone de condiciones espaciales ni acústicas, ni nada de nada.
Y digo yo: ¿tan difícil era asesorarse con alguien que tenga una idea, aún cuando somera, de qué rayos necesitan el teatro, la danza, o la música para desempeñar sus oficios en condiciones medianamente razonables? ¡Pero si sale muy baratito, incluso gratis, porque los de estas profesiones seguimos siendo unos pringados idealistas!

domingo, 27 de enero de 2008

CULO AL PÚBLICO



La diosa Juno comentaba en su blog de ayer que había asistido a una performancia de ésas, en las que algunas damas y caballeros se ponen en pelota y hacen cochinadas “sub specie artis”.
Lo de asociar el desnudo con el espectáculo teatral tiene su miga. De hecho hubo una temporada, que no se ha extinguido del todo, en la que, si una función no sacaba a ningún actor in puribus, parecía como si a aquello le faltase algo.
Incluso se da el caso de que algunas escuelas de actores exijan el empelote como “conditio sine qua non”. Hace poco una amiga me aseguraba que en una escuela oficialísima en la que ella estudió, incluso existía una asignatura denominada “Desnudo”. Claro que esa amiga mía es muy guapa, pero no siempre suena a verosímil lo que dice, cosa que, por otra parte, le añade algún encanto, seamos sinceros.
El gran Tulio Osvaldo Scioppero, de cuya valiosa doctrina dramática ya nos hemos ocupado aquí, cuenta que el maestro Szopenko no solía pedir a sus alumnos que se quitasen la ropa en su famosa escuela de Krasnoyarsk, decisión que hubo de adoptar, muy a pesar suyo, tras el quinto o sexto caso de congelación integral. Las temperaturas oscilantes entre los diez y los cuarenta grados bajo cero no se combatían así como así por medio de una estufa de carbón dotada cicateramente de combustible por las autoridades soviéticas de la localidad.
Sin embargo, habiendo concurrido maestro y discípulo a un congreso de nuevas tendencias escénicas en Lalín (Pontevedra), celebró con entusiasmo Szopenko un novedoso happening, en el que actores turdetanos de ambos sexos mostraban generosamente su anatomía al respetable.
Perplejo el entonces joven e ingenuo aprendiz ante el excesivo fervor que su maestro manifestara, inquirió:
- ¡Ché, flaco, decí! (traduzco libremente del Ruso) ¿A qué tanta alharaca? ¿Andás de joda? Y eso, ¿Para qué sirve?
- Para nada, batiuschka, para nada. ¿Pero a que la chica bajita estaba riquísima?
A la probada capacidad de reflexión de mis hipotéticos lectores dejo la ardua tarea de interpretar el profundo sentido de las enigmáticas palabras de Timofey Timofeyevich Szopenko.
Como observación personal al margen, me pregunto yo cómo se las arreglarían Shakespeare, Calderón y Molière para hacer un teatro medianamente aceptable sin sacar un solo personaje en pelota; y también cómo actores de aquella época primitiva podían interpretar medianamente sus papeles sin haber pasado en su aprendizaje por un proceso de deshabillé tan catártico, como formativo.

viernes, 18 de enero de 2008

¿QUÉ CULPA TIENE STANISLAVSKI?



Tiempo hace que uno llego a la convicción de que el teatro no es nada terapéutico. Todo lo contrario: el teatro es, más bien, una saneada fábrica de orates. O, al menos, de personas notablemente excéntricas.
Cuanto más insisten determinadas escuelas en aplicar técnicas de implicación psicológica, anímica o, incluso, esotérica, más consiguen incrementar el número de zumbados dramáticos. Este tipo de tinglados más o menos sectarios invocan con frecuencia en su justificación no sé qué cosa denominada “Método Stanislavski”, o, simplemente “El Método”.
Mi impresión personal es que los mentores de tales inventillos no han leído ni uno solo de los libros del maestro ruso, puesto que, si lo hubieran hecho, habrían descubierto que no hay en ellos una maldita línea que aluda a terapias; ni siquiera que apueste por invadir la intimidad del sujeto ni, aún menos, por hacerlo con técnicas agresivas.
Digamos que una cosa es la introspección, ordinariamente saludable, y otra el machaque de corte sadomasoquista. Y añadamos que a don Konstantin se le pueden achacar muchos errores, pero nadie se atrevería a afirmar que fue un sujeto dogmático o sectario. En mi opinión, el mayor mérito de este caballero estriba en haber aplicado criterios racionales y articulados al aprendizaje del actor y al teatro en general.
Como ramificación del tema, me choca encontrar en los historiales (curricula, si se prefiere), que continuamente recibo, manifestaciones (casi invocaciones) al “maestro” con que estudió el solicitante. En lugar de decir “he estudiado en...” se insiste en la afirmación “he estudiado con...” Yo creo que en muchos casos el sujeto asimila su relación con el educador a la que un paciente establece con su psicoanalista. Claro que es una mera conjetura.
Pues, volviendo al inicio, en aplicación del prestigioso método de la pescadilla de rosca, digo que, si aplicando pedagogías normales y no invasoras, ya salen por ahí tantos actores ligeramente tocados, no te digo nada si han pasado por cualquiera de los numerosos manicomios teatrales que proliferan y medran.
Pero, por favor, que nadie le eche la culpa a don Konstantin Stanislavski.

domingo, 13 de enero de 2008

TULIO OSVALDO SCIOPPERO



Ya son bastante conocidos los métodos de epibiótica actoral planteados por Tulio Osvaldo Scioppero hacia la década de los 90 del pasado siglo en su “Biolaboratorio del actuante” y esparcidos por todo el ámbito del aprendizaje escénico de América Latina y Europa por sus discípulos y seguidores. Como fructífera superación de la noción grotowskiana del “actor santificado”, Tulio Osvaldo va más allá propugna la idea de “actor crucificado”; si Eugenio Barba se refiere a las acciones extra-cotidianas, Tulio Osvaldo insiste en las “actancias extracorpóreas”.
Hoy, superados algunos bloqueos frente a la corrección ortográfica, Tulio Osvaldo Scioppero ofrece a los lectores especializados su “Morfología de la Escénica Errática”, un mágico compendio de su larga trayectoria en la investigación teatral. Su colaborador directo a lo largo de estos años Oscar Añoso Picci (cariñosamente conocido por el apodo “Estrabinski” a causa de su pronunciado estrabismo o bizquera) se ha esmerado recopilando notas y más notas del maestro, quien tenía por costumbre esparcir su sapiencia con una prodigalidad ejemplar. Así cuenta el buen y abnegado Estrabinski: “acá, allá, mirá, flaco. En servilletitas de la cantina, en retacitos de “La Nación”; mismo en – perdoná – el rollo de papel de los servicios. ¡Pucha si fue pinche laburo!”.
Sería tarea de enorme complejidad definir la “escénica errática” de Scioppero en un espacio tan reducido como el que la mezquindad de esta publicación me otorga. Parece, sin embargo, inexcusable, enunciar al menos las famosas seis reglas de la “implantación biotécnica del exteriorizable”, enunciadas y ampliamente desarrolladas en el opúsculo del Maestro, que
– añadiré – ya puede ser adquirido en las librerías más importantes de Tucumán y Rosario a precios muy razonables.
Estas seis reglas, tal y como vienen muy bien escritas en una de las primeras páginas del librito, son:

1. Regla de la retrospección deflactante
2. Regla de la deslectura afrentosa
3. Regla de la recomposición ojimétrica
4. Regla del inconmensurable desparpajo
5. Regla del mosqueo trascendente
6. Regla del juanpalomo autista

Parte de la trascendental obra de Scioppero presenta inexplicables afinidades y alguna que otra monstruosa contradicción con los trabajos de mi propio y llorado maestro Szopenko, al que, si Dios no lo remedia, dedicaremos más de una página en ese Asno de Oro.
Item más, si me da por ahí, desarrollaré algo las seis famosas reglas, porque hay gente que no se aclara con su mero enunciado. También puede darse el caso de que la Diosa Juno me ilumide desde su lejanía y aporte algún dato relevante sobre la doctrina de Tulio Osvaldo.

lunes, 17 de diciembre de 2007

ALBERT BOADELLA NO SE VA



Acabo de leer su “Adiós Cataluña”, que ha obtenido el premio Espasa de ensayo. La conclusión es que, afortunadamente, Boadella no piensa quitarse de en medio. Ni de Cataluña, ni del teatro, ni de ninguna parte.
Me alegro, porque este hombre es fascinante.
Se trata, ante todo y sobre todo, de un campeón de lo políticamente incorrecto, que en los tiempos que corren no es moco de pavo. ¿Que si se pasa con cierta frecuencia? Pues claro; si no, ¿en qué consistiría esa incorrección política?
Yo soy un entusiasta de “Joglars” desde hace muchos años y creo que cualquier persona relacionada con el teatro, si no lo es, al menos tendrá que respetar semejante trayectoria. En un universo artístico cada vez más acomodaticio y vulgar, las cosas que hacen estos señores siempre muestran un rigor y una calidad fuera de lo común. Incluso en sus logros menos brillantes. Nuestras carteleras están repletas de refritos papanatas de musicales antañones, de chocarrerías domésticas de baja calidad, de “versiones” descabelladas de algún clásico que otro tratado a puntapiés. Así que lo de Joglars me parece estupendo.
Cosa distinta es que uno coincida con las opiniones del insigne bufón sobre asuntos tan dispares como los que él recorre en este último libro. Por ejemplo, a mi Federico Jiménez los Santos me parece un perfecto gilipollas y no me hace ninguna gracia. Tampoco me parece afortunada la iniciativa “Ciudadanos”, y menos aún su progresivo deslizamiento hacia una derecha recalcitrante.
En cambio, comprendo la irritación de Albert ante el provincianismo casposo y agresivo que ha invadido los distintos nacionalismos y regionalismos asentados en el famoso “Estado de las Autonomías”. Me fastidia en particular lo de Cataluña, porque, cuando yo era joven, de Cataluña aprendí muchas cosas, a través, en particular de mi amistad entrañable con Pep Montanyes y, de rebote por el conocimiento de Ricard Salvat y Maria Aurelia Capmany. Mi cuarto de sangre catalana se recalienta viendo los disparates que acometen los poderes públicos de aquel hermoso País. Sobre todo me parece incomprensible que la izquierda catalana incurra en ellos, tanto como lo hicieron Pujol y su cuadrilla.
Del libro me hace mucha gracia perlada de amargura el relato de las mezquindades (que ya conocía) surgidas en la compañía de Boadella, porque de ese paño tengo yo un sayo. Ya conocía, digo, la historia, por relato verbal de su propio protagonista y por sus excelentes “Memorias de un bufón”, equiparables en calidad a “El rapto de Talía”. Y me conmueve la parte tierna de los “amores” en él relatados.
No me dedico a la crítica de libros, así que no voy a molestarme en recomendar o no la lectura de éste. Sólo quiero manifestar mi simpatía por el autor y mi admiración por su arte.

martes, 20 de noviembre de 2007

LOS COWBOYS DE KAURISMAKI




Desde hace un par de meses tenemos en funcionamiento un pintoresco cineclub, que se llama “El Cine Moderno”. Lo maneja básicamente mi retoño Guillermo, con la colaboración de un par de amigotes y con mi parca aportación de abuelito Cebolleta. Las proyecciones se realizan en nuestro estudio de la Calle Minas, de Madrid (Malasaña) y contamos con el apoyo de la Escuela Municipal de Arte Dramático de la Villa y Corte.
El nivel de asistencia (obviamente gratuita) oscila entre las veinticinco y las tres personas, similar al que obtienen en la película los Leningrad Cowboys de Kaurismaki, objeto de este breve comentario. Entre el mentado Guillermo y el industrioso Diego Jimeno han fabricado una pantalla grande con listones y una tela especial (14 € aroximadamente), que se estabiliza mediante sendas botellas de agua colgadas de la base. ¿A que suena a tiempos pretéritos?
Creo que nuestra indiferencia por la programación ordinaria en los circuitos no menos ordinarios nos condujo a emprender la aventurilla, y también nuestra preocupación por la pérdida de cultura cinematográfica entre la muchachada, a manos del mercado cinematográfico. O, simplemente, es que nos apetecía divertirnos; más bien esto último.
Ayer, lunes, vimos “Leningrad Cowboys go America”, una película de Aki Kaurismaki rodada en 1989 y lo pasamos en grande. El cine rara vez ha sido capaz de incorporar una estética del absurdo con fortuna; parece anclado en lenguajes prediluvianos, en mi opinión, y Kaurismaki constituye una evidente excepción a esta penosa regla. Con una sobriedad y un desenfado tremendos sabe tirar por la calle de en medio en esta película de carretera repleta de gags y caracterizada por una interpretación asombrosamente buena. ¡Qué actores tan buenos y tan bien dirigidos, ese tonto del pueblo no tiene precio!
Como lo mío no es la crítica cinematográfica, me limito a recomendar la película. Ya iré contando otras monerías acaecidas en “El Cine Moderno”.

domingo, 28 de octubre de 2007

EL TEATRO EN CANAL




Vaya la que se ha armado porque al arquitecto don Juan Navarro Baldeweg le han quitado el juguete. Un juguete gigantesco y millonario, por cierto: nada más ni nada menos que el Teatro del Canal, cuyas obras estaba dirigiendo este prestigioso señor (nadie pondrá en duda tal calificativo).
Arquitectos, artistas, clero, pueblo y militares sin graduación parecen haberse echado las manos a la cabeza ante tamaña tropelía.
Item más, doña Esperanza Aguirre, cada día más semejante en su bravura a la famosa Pentasilea, aguerrida reina de las amazonas, ha apostillado su hazaña con la afirmación de que el colosal coliseo será privatizado en cuanto la obrita haya finalizado, se supone que el año que viene, si el tiempo no lo impide y con el permiso de la autoridad competente.
Mientras, el astuto, sensato y algo deslenguado empresario don Enrique Cornejo, por quien profeso un sincero afecto, pese a ciertas diferencias ideológicas, dice que “Crean un monstruo y luego se lo sacuden”, así, como suena. Pues yo estoy completamente de acuerdo con tan osada afirmación. Claro que acto seguido don Enrique afirma que él piensa ser el primero en concursar, pese a todos los pesares. Está en su derecho y allá él con los riesgos, que no parecen pequeños.
Pero, volviendo a lo del monstruo, parece ser que nuestras autoridades de todo rango llevan años apostando por lo gigantesco y vistoso en materia de teatro y, en general, de cultura. No puedo restringir esta crítica a la actual batuta de doña Esperanza, ni a las administraciones regidas por el PP, ya que se trata de una tendencia lamentablemente generalizada, a la que otros partidos políticos, el PSOE sin ir más lejos, parecen haberse sumado con entusiasmo.
En cambio, vemos cómo, por ejemplo, los modestos centros culturales de barrio (o de pueblo) arrastran normalmente una existencia francamente gris y penosa, tanto en materia presupuestaria y de infraestructura, como de gestión, que, por cierto, en Madrid parece inminentemente amenazada por la privatización. Lo que faltaba para el duro.
Estos centros en raras ocasiones pueden programar teatro, puesto que casi ninguno dispone de presupuesto suficiente, ni de un espacio y de unos equipamientos adecuados y porque, cuando los hay, el local puede estar ocupado por clase de gimnasia de mantenimiento, o de sevillanas o de karate. Y lo digo porque me ha pasado a mi, nada de segundas manos.
Si de verdad nuestros regidores de todo pelaje y nivel quisieran jugar en pro de una política de difusión y amejoramiento de las artes escénicas, digo yo que no estaría mal que se bajasen del Olimpo y descendieran a terrenos menos ciclópeos y más prácticos. No parece muy probable.
¿Y las gentes del espectáculo? Pues ahí los tenemos, enfrascados en campañas tales como la de salvar el Teatro Albéniz, otro diplodocus, con perdón. Y no digo yo que me alegre la desaparición más que probable de la gran sala de la calle de la Paz, pero se me antoja que sería preciso encajar su permanencia en un proyecto mucho más amplio, un proyecto que tendiese a extender las representaciones teatrales de calidad a todos los distritos y todos los pueblos de esta Comunidad y todas las restantes.
Con el pastazo que están costando los super, macro, archi, megas, bien pudiera hacerse algo menos aparatoso, pero más adecuado a las necesidades culturales de la ciudadanía.

martes, 20 de febrero de 2007

DE NUEVO MARAT - SADE




Si mal no recuerdo, Persecución y asesinato de Jean Paul Marat representado por el grupo teatral del hospicio de Charenton bajo la dirección del Señor de Sade, también conocida como Marat/Sade, obra de Peter Weiss, fue estrenada a principios de la década de los 60. Creo que fue en el 67 cuando Peter Brook dirigía una notable película a partir del texto del dramaturgo alemán. En 1968 el estreno en España, bajo la experta batuta de Adolfo Marsillach, hizo ponerse en pie a los espectadores y levantó una gran polvareda de entusiasmo en la crítica. En los años 90 Miguel Narros la ofrecía de nuevo, de la que recuerdo en especial la excelente escenografía de Andrea D’Odorico.
Ahora el Centro Dramático Nacional va a estrenar una nueva versión dirigida por Andrés Lima (22 de febrero, pasado mañana. Teatro María Guerrero). Habrá que verla, naturalmente.
No me parece mal que el CDN se ocupe de los clásicos contemporáneos, y Marat – Sade lo es. Dispone de recursos para hacerlo y Gerardo Vera es persona autorizada y sobrada de talento para dirigir ese poderoso tinglado.
Sin embargo, no estaría mal que todos esos recursos y talentos dirigieran su mirada con más frecuencia hacia autores españoles contemporáneos, que seguramente los habrá, aunque cualquiera sabe, porque estrenar, no estrenan.
Por ejemplo, la nueva Sala Valle Inclán, que está en mi barrio, bien pudiera orientar su programación en este sentido. Me encanta Ibsen, pero no se puede decir que Un enemigo del pueblo sea precisamente un texto novedoso.
Sugiero.
(La imagen pertenece a la versión libre de la obra realizado por el grupo Buendía, de Cuba)

domingo, 11 de febrero de 2007

BRECHT, EL TRAMPOSO


BRECHT, EL TRAMPOSO

Ayer asistí a una puesta en escena de “La Boda de los pequeño-burgueses” de Betolt Brecht. Se trataba simplemente de una práctica de clase realizada por alumnos de una Escuela de Arte Dramático, precisamente aquella en la que yo trabajo.
Lo más importante es que me lo pasé muy bien, cumpliendo de este modo el primer objetivo que el “Pequeño Organon” establece para el teatro. Y eso no es poco, porque en los últimos tiempos estoy estableciendo un record de aburrimiento en butaca.
El texto es sumamente divertido, la traducción, más que aceptable y los actores estudiantes se habían fajado con ello como unos auténticos jabatos, pero jabatos racionales y sensibles.
Pero debo decir que me volvió a suceder con esa función lo mismo que en otras del maestro alemán, aquellas que me habían parecido correctamente puestas en escena, no las bobadas estrafalarias y pretenciosas con que nos obsequian esporádicamente los teatros de “fama y prestigio”. Y conste que me estoy mordiendo la lengua para no señalar a nadie.
Me refiero al célebre y cacareado distanciamiento, o, puestos a pedantear “Vermsfredungeffekt”. No había. Los espectadores estábamos en la misma situación de implicación emotiva que nos provocó en su día Helen Weigel en su magistral interpretación de “Madre Coraje”. Pringados hasta las orejas.
También recuerdo un “Círculo de tiza” presentado por cierto grupo de jóvenes universitarios, que resultaba muy emotivo, y más experiencias que no relataré para no resultar prolijo.
El caso es que Bertolt Brecht, contra su propia decisión épica, maneja indiscutiblemente un montón de recursos “dramáticos”, sea en clave de humor o en clave casi trágica, de forma tal que el espectador y, probablemente, el actor, se implican más de lo que teóricamente se pretendía.
Es bastante normal que los autores y directores que teorizan sobre el teatro contradigan abiertamente sus teorías en cuanto se ponen sobre la palestra teatral. Ahí está el ejemplo de nuestro Alfonso Sastre con sus antiguos postulados “realistas”. A mi me parece que sólo es francamente bueno cuando lanza la imaginación a cabalgar.
Debo añadir que a mi no me molestan las contradicciones; todo lo contrario: sin contradicciones no habría arte, sin seres contradictorios, no habría artistas. Aquí el fantasma señero de don Ramón María del Valle Inclán (que tampoco se llamaba así).
Lo que sí creo que merece la pena tener muy en cuenta es la metodología pedagógica y de dirección escénica practicada por el creador del Berliner. Racionalidad, trabajo de mesa, observación. Compromiso con la realidad política, pero con la debida metáfora, con la elaboración artística... Todas esas cosas que molestaban a los zdanovistas.
Creo que ahora hay un proyecto en marcha sobre Arturo Ui. Vamos a ver qué pasa.

domingo, 14 de enero de 2007

TULIO OSVALDO SCIOPPERO
Y SU
“MORFOLOGÍA DE LA ESCÉNICA ERRÁTICA”

Ya son bastante conocidos los métodos de epibiótica actoral planteados por Tulio Osvaldo Scioppero hacia la década de los 90 del pasado siglo en su “Biolaboratorio del actuante” y esparcidos por todo el ámbito del aprendizaje escénico de América Latina y Europa por sus discípulos y seguidores. Como fructífera superación de la noción grotowskiana del “actor santificado”, Tulio Osvaldo va más allá propugna la idea de “actor crucificado”; si Eugenio Barba se refiere a las acciones extra-cotidianas, Tulio Osvaldo insiste en las “actancias extraterrestres”.
Hoy, superados algunos bloqueos frente a la corrección ortográfica, Tulio Osvaldo Scioppero ofrece a los lectores especializados su “Morfología de la Escénica Errática”, un mágico compendio de su larga trayectoria en la investigación teatral. Su colaborador directo a lo largo de estos años Oscar Añoso Picci (cariñosamente conocido por el apodo “Estrabinski” a causa de su pronunciado estrabismo o bizquera) se ha esmerado recopilando notas y más notas del maestro, quien tenía por costumbre esparcir su sapiencia con una prodigalidad ejemplar. Así cuenta el buen y abnegado Estrabinski: “acá, allá, mirá, flaco. En servilletitas de la cantina, en retacitos de “La Nación”; mismo en – perdoná – el rollo de papel de los servicios. ¡Pucha si fue pinche laburo!”.
Sería tarea de enorme complejidad definir la “escénica errática” de Scioppero en un espacio tan reducido como el que la mezquindad de esta publicación me otorga. Parece, sin embargo, inexcusable, enunciar al menos las famosas seis reglas de la “implantación biotécnica del exteriorizable”, enunciadas y ampliamente desarrolladas en el opúsculo del Maestro, que
– añadiré – ya puede ser adquirido en las librerías más importantes de Tucumán y Rosario a precios muy razonables.
Estas seis reglas, tal y como vienen muy bien escritas en una de las primeras páginas del librito, son:

Regla de la retrospección deflactante
Regla de la deslectura afrentosa
Regla de la recomposición ojimétrica
Regla del inconmensurable desparpajo
Regla del mosqueo trascendente
Regla del juanpalomo autista

Parte de la trascendental obra de Scioppero presenta inexplicables afinidades y alguna que otra monstruosa contradicción con los trabajos de mi propio y llorado maestro Szopenko, al que, si Dios no lo remedia, dedicaremos más de una página en ese Asno de Oro.
Item más, si me da por ahí, desarrollaré algo las seis famosas reglas, porque hay gente que no se aclara con su mero enunciado.