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viernes, 4 de noviembre de 2011

LA PLUMA DEL POLLO 3



3. Contribuyendo a la biodiversidad

Conocida y celebradísima es la cortesía francesa, que ellos denominan “politesse” sin ninguna razón aparente. Muestra de ella fue el acompañamiento por elementos de la gendarmería hasta la frontera de Hendaya ofrecida a Pollo y sus discípulos, entre los que tuve el honor de hallarme. Los gendarmes se llamaban Dupont y Durand y el último de ambos, natural de la Camargue, tenía dos preciosas niñas cuyas fotos nos mostró con lágrimas en los ojos en el doloroso momento de la despedida. Dupont era otra cosa; no sé qué le pasaría a Dupont y tampoco tiene demasiada importancia.
Una vez que cruzamos las turbulentas aguas del río Bidasoa, realizamos algunas operaciones rutinarias, tales como devorar un marmitako excelente e ir a confesarnos a la parroquia con un sacerdote de confianza. Este piadoso anciano se interesó por nuestra salud y nos retó a un partido de pelota vasca, que perdimos por escaso tanteo.
Es entonces cuando a Pollo Sanguinetti se le plantea una duda existencial que le sume en hondas cavilaciones: ¿qué hacemos ahora sin un céntimo en el bolsillo y con el equipaje embargado en la fonda?
Finalmente su poderosa capacidad de razonamiento y su irrefrenable tendencia a cometer estupideces le inducen a montar el primer Gabinete de Asesoramiento Étnico en la localidad de Cirauqui (Navarra). Algunos años atrás nuestro insigne polígrafo había dado a la imprenta (que las rechazó) sus “Anotaciones paradójicas sobre razas, etnias, naciones, patrias y populacho” prologadas por el Padre Barandiarán y epilogadas por Slobodan Milosevic. Siguiendo las enseñanzas de Blaise Pascal, Pollo formula allí el conocido aforismo: “Para poseer de pleno derecho una etnia o nación lo único que necesitamos es creer en su existencia”.
Los criterios de etnometría aplicada de Pollo Sanguinetti constituyen un extenso corpus elaborado durante la corta pero fructífera andadura del Gabinete de Asesoramiento Étnico. El propio maestro, ataviado con barretina, madreñas, kaiku y saya sanabresa dirigía la unidad de identificación racial en el establo y aceptaba o rechazaba a los colectivos que acudían a la consulta deseosos de obtener un “Dictamen Diferencial Tribal” (DDT), que les autorizase a berrear a pleno pulmón, cargarse todos los cristales y hacerles la vida imposible a los que no tuvieran un DDT fiable. El éxito y la fama acompañaron pronto a la ingente obra del gran don Vinicio y se extendieron como una mancha de aceite por todos los pueblos y naciones; de modo que incluso desde los remotos Balcanes acudían peregrinos ansiosos en procura de razones de peso para masacrar motivadamente a sus convecinos sospechosos de intrusión étnica. Estaba bien aquello, no estaba nada mal, porque aceptábamos pago en especies y así obtuvimos gran cantidad de cerdos, legumbres, objetos punzantes y contundentes, aguardientes de alta graduación alcohólica y cerámicas recuerdo de distintas localidades costeras y del interior.
El PREG o Programa de Reconfiguración del Equipo Genético fue, en principio, una idea bastante buena. Como algunos pobres infelices no salían con bien de su DDT, quedaban muy disgustados, porque se daban cuenta de que nunca serían consejeros autonómicos, ni conserjes; ni siquiera lograrían ejercer como maestros de escuela, que ya es lo último. Entonces le preguntaban a Pollo:
- Y ahora, ¿qué voy a hacer? ¿Cómo me las arreglo?
El maestro se limpiaba las gafas, fruncía el ceño y respondía con gravedad:
- ¿Y yo qué sé? ¡Apáñeselas como pueda, caramba!
Eso era al principio, antes de idear lo del PREG. Cuando ya estuvo inventado el PREG, se les decía que no se apurasen, porque todo tiene arreglo en esta vida. Pollo Sanguinetti, un pionero en la ingeniería genética, hizo una máquina de reconfigurar el equipo genético con las piezas de una antigua lavadora y metía dentro a los que pagaban para poseer unos genes adecuados a sus necesidades étnicas y los arreglaba en un santiamén. Claro que no siempre los resultados eran los previstos, no vayamos a pensar ahora que de buenas a primeras salía todo a pedir de boca. Algunas veces el cliente salía alopécico y con las orejotas separadas del cráneo, o se le ponía cara de lagartija, pero es que estaba el maestro en una fase experimental del invento, así que no sé cómo tenían el valor de quejarse por todo, como si no se les hubiera advertido al principio.
A consecuencia de tanta incomprensión, que se materializó en una persecución a pedradas por aquellos fértiles valles y amenas laderas, Vinicio Pollo Sanguinetti determina poner fin al proceso de investigación y declararse a sí mismo mártir de la ciencia, motivo por el cual reclama subvenciones de diversas instancias nacionales e internacionales sin que, una vez más, le sea reconocido este elemental derecho.

martes, 1 de noviembre de 2011

LA PLUMA DEL POLLO 2



2. Connaissez vous Monsieur Pollo?

Conocí a Pollo Sanguinetti en Paris, naturalmente. Estaba sentado en un pretil de la Rive Gauche comiendo pipas de girasol, porque son muy buenas para el prostatismo, y arrojaba las cáscaras distraídamente sobre la gente que pasaba por allí en landó o peatonalmente, sin hacer distingos. Me subyugó de inmediato la desenvoltura y presencia de ánimo de aquel desconocido, que se dirigía a mi inesperadamente con una extraordinaria naturalidad:
- Joven: si usted continúa caminando con los pies hacia dentro acabará desgastando suelas y tacones de sus botas de forma inexorable y rapidísima. Al precio que está el calzado, debería usted tener más miramiento.
¡Era increíble! Con absoluta clarividencia y del primer vistazo el maestro había dado respuesta a una conjetura que me atormentaba desde mucho tiempo atrás. Manifesté de inmediato mi reconocimiento y entusiasmo y le rogué que se dignara acompañarme a una brasserie próxima para seguir analizando la cuestión con más detenimiento. Con su proverbial sencillez y bonhomía, Pollo Sanguinetti descendió de un ágil salto y me acompañó a “Chez Tonton Audebert”, donde conversamos durante un buen espacio de tiempo, en tanto que él ingería una docena de bollos de crema regados por varias pintas de cerveza. En la mesa vecina Paul Claudel escuchaba disimuladamente el agudo discurso de mi contertulio y en otro velador algo más distanciado André Gide le tiraba los tejos al camarero sin hacer maldito el caso a nuestra conversación. ¡Ah el asombroso Paris de aquellos años!
A partir de aquel día menudearon mis visitas al estudio de Pollo Sanguinetti, que residía a la sazón en una espaciosa mansarda del Trocadero , parte de cuyo tejado había hecho levantar para instalar allí sus gallinas y sus conejos sin que los animalitos se sintieran agobiados y pudieran vivir saludablemente al aire libre. La crianza y posterior sacrificio con fines culinarios de animales domésticos es, según Pollo, una actividad imprescindible para la especulación científico – filosófica, y así lo demuestra en su “Caligrafía del espíritu o aproximación al arte de vivir como un cura sin trabajar”. Por aquellas fechas el maestro realizaba un interesante experimento lingüístico consistente en recortar y pegar líneas alternativas de “Le Figaro” y “L´Humanité”. Te partías de risa cuando veías el resultado, oye. Aquel esforzado trabajo no le valió, sin embargo, la concesión de la Legión de Honor, que es lo que él se había propuesto. Años más tarde confesaría que le importaba un bledo, porque se había enterado de que tan apreciada distinción no lleva aparejada una pensión vitalicia, así que no entendía cómo los imbéciles de los franceses le daban tanta importancia.
La fértil imaginación de Vinicio Pollo Sanguinetti se puso bien de manifiesto en su temporada parisina, no sólo en asuntos de especulación y ciencia, sino también en cuestiones más vinculadas a lo pedestre y cotidiano. Sin abandonar por un sólo momento la composición de un extenso poema didáctico en el que fustigaba con rudeza a los detractores de la higiene bucal, creaba a la vez un sistema de polipastos que le permitía alcanzar las botas sin moverse de la cama. Pero, decíamos, también en asuntos domésticos y aparentemente triviales brilló por entonces el espabiladísimo cacumen del eximio, ya que, habiéndose enfrentado a la espinosa cuestión de cómo pagar el alquiler de su vivienda, logró salir airoso de ella merced a sus excelentes dotes para las relaciones públicas, y esto sí que merece párrafo aparte.
Era propietaria o casera del inmueble, o “maitresse”, como suelen decir los complicados franceses en su eterno afán de mixtificación, una tal madame Lafauve, quien simultáneamente desempeñaba las funciones de “concierge”, un importante cargo o jerarquía en concepto de la nación gala. El acendrado y hasta puntilloso espíritu de justicia de Pollo le impulsaba a rechazar categóricamente el pago de las deudas asociadas a la supervivencia, de modo que había decidido resistirse con energía al abono de la renta mensual. Tal determinación chocó inicialmente con la incomprensión de la poco ilustrada propietaria, que con toda seguridad no había leído el opúsculo de su renuente inquilino titulado “Apología del moroso”, porque sólo pensaba en espiar desde su garita mientras se daba grandes atracones de pan con salchichón. Pero Pollo era un hombre de mundo y un gran conocedor del alma femenina, así que cuando las cosas parecían haberse puesto francamente complicadas, descubrió una rendija de sensibilidad en el espíritu espeso de la gruesa Lafauve: una encantadora debilidad por el coito anal la redimía de un universo espiritual en otros aspectos muy limitado.
Así fue como, mediante una visita a la portería dos veces a la semana, Pollo se vio liberado de un engorro considerable y evitó hallarse en contradicción con uno de sus principios más firmemente arraigados. “Mato dos pájaros de un tiro, amigos míos: me libero de las miserias del sexo y a la vez me garantizo el confort indispensable para seguir dedicándome a la ciencia y al libre pensamiento”, solía decirnos a sus discípulos mientras observaba el progreso de la plantación de rabanitos que había instalado en su bañera, pues consideraba esta planta un remedio excelente contra la inapetencia sexual. Era muy emocionante ver a los vecinos del inmueble agolparse en la escalera todos los martes y jueves para vitorear a Pollo cuando descendía mayestáticamente en dirección a la portería en camisón, gorro de dormir y pantuflas.

lunes, 31 de octubre de 2011

LA PLUMA DEL POLLO 1



1. Tras las huellas del Pollo

Arrojar un poco de luz sobre la vida y la obra de Vinicio Pollo Sanguinetti es un propósito de difícil consecución. Críticos y biógrafos prestigiosísimos han fracasado estrepitosamente en la tarea, han naufragado en el intento, han hecho el ridículo, han quedado muy mal y, la verdad, no sé para qué se habrán molestado; menuda pérdida de tiempo. Eso les sucede por meterse en camisa de once varas, los muy estúpidos, y perdón por la forma de señalar.
En primer lugar, a Pollo le gustaba mucho firmar cada vez con un nombre distinto (a la manera del célebre fadista portugués don Fernando Pessoa). Algunas veces, sí, se dejaba de líos y firmaba Vinicio Pollo Sanguinetti, y ya está; pero cuando estaba más en vena, firmaba con otros nombres, como, por ejemplo, Alex Boticelli, Semion Petrovich Projarchin, Juan Cojones, Emmanuel Kant o Elvira Lindo. De esa manera es probable que la mitad de sus obras no se le puedan atribuir con certeza y también que algunas obras de las rúbricas arriba mencionadas sean realmente atribuibles a Pollo Sanguinetti. Sólo la crítica textual más afinada sería capaz de pillarle las trampas y ponerlo todo en claro, pero la crítica textual no se ha tomado esa molestia, así que nada.
Incluso nosotros, los que un día gozamos de los beneficios de sus enseñanzas, me refiero a sus auténticos discípulos, nos las vemos y nos las deseamos para identificar con certeza los escritos del maestro. Algunas acaloradas discusiones sobre la autoría de este o aquel mamotreto han acabado a mamporros y pescozones, con que no hemos sacado nada en limpio y encima hemos tenido que irnos a nuestras casas con un ojo a la virulé o con alguna pieza dental de menos. Resulta lamentable que el maestro fuera tan liante e hijoputa. Ya podía haber dejado las cosas un poco más claras, digo yo.
Con la parte biográfica pasa tres cuartos de lo mismo, porque el condenado mentía una barbaridad y muchos de sus exégetas y epígonos se han creído todas sus trolas o se han inventado anécdotas por su cuenta y riesgo con el objeto de lucirse. La gente tiene muy poca vergüenza y, con tal de figurar, algunos son capaces de cualquier cosa. Mantecón Humedillo, por ejemplo, acepta como buena la supuesta participación de Pollo en la guerra greco – turca al frente de la artillería del Gran Khan y Bolarín Colgado admite el invento por nuestro polifacético de un sacacorchos levógiro, útil para abrir botellas de cariñena en las antípodas. ¡Menuda tontería! En cambio niegan categóricamente hechos históricamente probados, como el triunfo del maestro en un concurso de mear lejos celebrado en la playa de Sitges en 1946. Sañudo Pispajo se atreve, incluso, a poner en duda que Pollo sumergiera la cabeza de su primo Apolinar en una sopera para demostrar el grado de densidad de la porrusalda en forma práctica. Sin embargo, sabemos de sobra que todos los académicos presentes aplaudieron a rabiar y que de aquel hallazgo le resultaron beneficios importantes, como el nombramiento de académico correspondiente y levantarse a la señora del anfitrión, que estaba cojonuda.

domingo, 30 de octubre de 2011

LA TEORÍA TEATRAL DE POLLO



Una de las obras menos conocidas de Pollo Sanguinetti es su “poética”, que él personalmente intituló “La poiesis de Pollo” y rotuló la cubierta del manuscrito con muy cuidada caligrafía carolingia. La obra debía constar de veintinueve volúmenes, de los cuales los nueve primeros irían dedicados a todas y cada una de las musas del Parnaso: Calíope, Clío, Talía, Melpómene, Terpsícore, Erato, Euterpe, Polimnia y Urania, a quienes Pollo prefería nombrar: María de las Mercedes, Rosa María de Jesús, María Begoña Lucinda, Francisca María Fulgencia, María Teresa de Jesús, María del Dulce Nombre Belén, Josefa María Egipciaca, María Antonia Petronila y Manuela María Josefa, en reconocimiento a unas señoritas que le habían sido presentadas por Julio Augusto Septembrino en el ateneo literario “El Plectro Tucumano”.
Y ya que mencionamos al vate argentino, preciso será advertir contra la falacia de Noé Mora S.J., cuando acusa a Pollo de haber plagiado las conocidas “Sobras completas” de Septembrino. Nada más lejos de la verdad: Julio Augusto y Pollo se jugaron a los chinos sus respectivas obras completas en un conventillo de Salta y el primero de ellos las perdió, de forma tal que Pollo Sanguinetti estaba en su perfecto derecho de hacer con ellas lo que le acomodase. Por otra parte la caballerosidad y buen espíritu del Julio Augusto le impidieron malquistarse con su colega hispano; tanto así que durante su fructífera participación en las sesiones de “El Plectro Tucumano”, ambos volvieron apostar sobre cuál de los dos lograría llevarse al huerto el primero a las nueve cursis arriba mencionadas, obteniendo esta vez la victoria el aguerrido Septembrino por una cabeza.
Pues, a lo que íbamos: los otros veinte volúmenes de “La poiesis de Pollo” no tenía él muy claro de qué iban a tratar, pero hay que reconocer que hubiera sido un buen número de volúmenes y es una lástima que el insigne polígrafo no lograse completar más que el prólogo y algunos fragmentos de los libros III, XI y XXIII, porque tenía muchas otras cosas que hacer y no podía pasarse la vida perdiendo el tiempo con una obra menor sin las más mínimas perspectivas comerciales, o eso pensaba él.
Pues se equivocó de medio a medio, puesto que aquella magna obra, aún cuando incompleta, ofreció pingües frutos allí donde menos se hubiera podido esperar. Como decíamos, Pollo no estimaba en un ardite el maltrecho e inconcluso hijo de su ingenio, así que se lo regaló a Julio Augusto Septembrino para que calzase la pata de la mesa de la cocina. El vate tucumano aceptó encantado el presente e invitó a locro a su generoso donante, quien se olvidó por completo del asunto y tomó su avión para Belize a la hora prevista.
Pero quiso el azar que meses más tarde Septembrino entablase estrecha amistad con la psicoteatrauta porteña señorita Arabella Cominotti, directora del famoso “Taller de identidad geminal para la sustanciación del método”, que había ido a Tucumán para pronunciar unas conferencias muy bien retribuidas. Septembrino, siempre en vanguardia de la cultura local, no sólo logró pillar bastante bien los abstrusos principios de la psicoteatrología, expuestos muy elegantemente por la señorita Arabella, sino que se la llevó consigo a su casa para profundizar. Y en eso estaban, profundizando, en concreto sobre el suelo de la cocina, cuando la Cominotti profirió un alarido de júbilo, que Julio Augusto atribuyó equivocadamente al mero placer de los sentidos: ella había atisbado desde su privilegiada posición la cubierta algo borrosa y maculada de “La poiesis de Pollo” y, tras arrebatar de su emplazamiento aquel tesoro, se puso a leerlo febrilmente en tanto su colaborador sexual continuaba en solitario la faena. “Quedátela, mina, mas concluyamos el acto, ché”, proclamó el inspiradísimo amador. Así fue como la señorita Arabella Cominotti conoció y pudo aplicar las ideas teatrales de Pollo en su “Segundo Taller de identidad geminal para la sustanciación del método”, que instaló en el barrio madrileño de Malasaña en cuanto que hubo reunido la plata para el pasaje. El polvo, la verdad, lo remató a la remanguillé por no quedar mal.
No es que la señorita Arabella Cominotti fuera a tomarse las ocurrencias de Pollo al pie de la letra, porque para eso ya tenía ella una buenísima formación psicoteatral desde muy jovencita, pero algunas cosas le parecieron bien y ajustadas. Por ejemplo el capítulo del libro III dedicado a Shakespeare, que le pareció de perlas y se lo hizo aprender de memorieta a todos sus discípulos para que se empapasen. Pollo sostiene en ese capítulo algunos interesantes puntos de vista sobre el socorrido autor inglés, por ejemplo:
Es una tontería leerse las obras de Shakespeare para interpretarlas. En primer lugar, porque son complicadísimas y no se entiende la mayor parte de lo que dicen. En segundo lugar, porque ya las habrán leído muchas otras personas y ellas pueden informarte más o menos de lo que pone. En tercer lugar, porque ese hombre escribía demasiado y, encima, en inglés, con lo cual perderíamos mucho tiempo, que se puede emplear en otras actividades menos aburridas. Si hay que hacer Shakespeare, pues se hace, pero sin comerse el coco y como le salga a cada uno de la perinola.
La señorita Arabella asoció estos agudos conceptos con su particular versión de las teorias de desconstrucción de Grotowski, que ella había complementado con la práctica de la pulverización textual, uno de los más interesantes aspectos de la técnica que denominó “La minipimer de Cominotti”. La plasmación artística de este revolucionario sistema fue su espectáculo “Shakespeare global performance 99”, que la tituló en inglés para fardar de políglota y atraer a la juventud de nuestro tiempo. En ese espectáculo salía primero un actor en pelota con un cubo encima de la cabeza, lo que resultaba altamente simbólico y estimulante, y el que no pillase el simbolismo, pues allá él, porque luego salían otros actores metidos dentro de sacos de yute y daban volteretas por el escenario pegando berridos, y eso sí que tenía muchísimo mérito, porque seguro que algo quería decir, igual que los cirios y los ventiladores de la escenografía. Y es que ella había logrado, mediante la aplicación de las técnicas de pulverización y minipimer sintetizar en una sola y magnífica creación TODA la obra del cisne de Stratford.
Claro que para ejecutar proyectos de tal volumen subvencionables por la Consejería de las Artimañas, la psicoteatrauta Anabella necesitaba formar un tipo de actor muy especialmente preparado en su “Segundo Taller de identidad geminal para la sustanciación del método”, y una vez más iba a hallar en la doctrina Pollo la herramienta adecuada para complementar sus ya erráticas intuiciones sobre la doma de jóvenes aspirantes al martirio escénico. Dice efectivamente Pollo Sanguinetti en una brillante página del tratado XXII ligeramente maculada de café con leche en su ángulo inferior izquierdo:
El artista, ¿nace o se hace?... Pues no sé. Personalmente he tratado a pocos artistas, porque se pasan la vida quejándose y hablando mal los unos de los otros, así que me resultaban aburridos y por eso no les he hecho nunca demasiado caso. Nacer, nacen, y eso es evidente, porque, si no, no andarían por los cafés dándose importancia, ni se hacinarían en las aperturas de exposiciones con el objeto de alimentarse a base de canapés y aceitunas. Luego, nacer, nacen.
Ya, si se hacen o no se hacen, es harina de otro costal. Pero, en el caso de que decidan hacerse, deben hacerse buenos artistas y, sobre todo, cuidar mucho de su buena presencia y modales adecuados. El dramaturgo ha de tener pinta de dramaturgo, el pintor, de pintor, la cupletista, de cupletista y el entomólogo, de entomólogo. Si no, sería un barullo y bien pudiéramos encargarle un retrato a una clarinetista, quien, tal vez por mera cortesía, no desdeñaría el encargo y sacaría un churro que no podríamos colgar en la pared del salón.
Respecto a los actores, como que son un ganado aparte, porque constituyen un colectivo marcado por acusadas tendencias masoquistas, lo que les induce a concurrir colmados de ilusión a ordalías denominadas audiciones o “castings”, si se me permite el barbarismo; así pues la fabricación del actor ha de ser necesariamente dolorosa, si es que en ella pretendemos alcanzar el pláceme de los educandos, que eventualmente se traducirá en beneficios crematísticos.
La señorita Arabella tomó muy buena nota de este luminoso aserto de Pollo y lo puso en práctica sin vacilar en su tallercito de Malasaña. La psicoteatrauta porteña aplicó sin compasión alguna su “escalada de identidad geminal para la sustanciación del método” sobre las sufridas personas de un puñado de jovencitos ansiosos de gloria y purificación que se inscribieron en los cursos, una vez obtenida la cuantiosa suma de su importe mediante sablazos familiares y servicio de copas nocturnas con horario ilimitado en los más prestigiosos tugurios de la capital.
No entraremos en detalles sobre el extenso desarrollo del proceso, pero sí que explicaremos, por fundamental, que la Señorita Cominotti sostenía que la energía actoral reside en el escroto, motivo por el cual todo aspirante a estrella del espectáculo tiene que concentrarse en su escroto para llegar a ser alguien el día de mañana. “¿Y las que no tenemos escroto?”, preguntaba alguna discípula primeriza; y eso era porque no sabía que la gran psicoteatrauta había descubierto que existen dos clases de escroto: el fisioescroto, que está ahí colgando y el psicoescroto, que reside en la psique, y éste es el fetén. Cualquiera que se suspenda cuatro horas por un pie y pase otras cuatro dándose caña con sus semejantes a berrido limpio acabará localizando su psicoescroto, y ahí comienza su escalada de identidad geminal para la sustanciación del método.
Luego ya vienen los ejercicios de identidad retrospectiva, consistentes en localizar las identidades del catecúmeno en sus consecutivas reencarnaciones, lo que se obtendrá a lo largo unos cuantos años a base de golpear con un palito una taza de café, pero sin perder de vista el psicoescroto, porque sí no, no vamos a ninguna parte. Y todo ello por cantidades asequibles con financiación a cargo de prestigiosas entidades bancarias.
Durante largos y sacrificados años de abnegada tarea psicoteatrética, la señorita Arabella Cominotti logró una pingüe cosecha de psicóticos internados en diversas instituciones especializadas y una regular fortunita, que invirtió en bienes raíces allá en la Pampa, porque tal como está la cosa no era cuestión de comprar bonos del Estado. Fue una lástima que no lograse conocer a Pollo personalmente, porque seguro que hubieran congeniado.

El retorno de Pollo Sanguinetti



GLOSAS A LA
FILOSOFÍA Y/O CULINARIA DE
VINICIO POLLO SANGUINETTI


1. Los antiguos cocineros feacios -escribe Pollo- tenían muy a gala alimentar personalmente a los clientes de su figón. Sentaban en sus rodillas al comensal, si se trataba de un hombre importante y bien vestido, tal como un comerciante de Rodas o un banquero de Mileto, le colocaban la servilleta en torno al cuello y comenzaban a darle el alimento con su propia mano. Como los feacios eran famosos por la delicia de sus pescados, no era infrecuente que el plato fuera, por ejemplo, un excelente lenguado en salsa de garum; en cuyo caso, el solícito hostelero procedía, ante todo, a limpiar de espinas y desmenuzar, mezclándola con la salsa, la sabrosa carne, que luego ofrecía en pequeñas bolas untuosas y sazonadas al agasajado. Esto lo hacían acompañados por la música de una o dos flautistas de Patmos, carentes de las cuales ocasionalmente, emitían ellos mismos dulces arrullos bucales, lo que estimulaba el apetito y propiciaba la buena digestión, según asevera Córbites, médico de Anaxión el tirano.
A una reflexión sobre las costumbres y sobre la naturaleza de lo gástrico nos conduce la anécdota. Admitida la solicitud como virtud cardinal por muchas doctrinas, procede ser solícito el hostelero, o cualquier persona que reciba huéspedes en lo privado. Repare, no obstante, en la variedad de reacciones posibles en los recipendarios del beneficio, que, si son de temperamento bilioso o colérico, han de ser con mucho menos graciables que las del flemático, dejando de lado, por indeterminada, la respuesta del hombre sanguíneo.

Glosa: Pollo Sanguinetti basa estas últimas afirmaciones, con su tono escéptico e incluso desengañado, en la experiencia propia. Sabemos por la biografía de Majuelo , que Pollo desempeñó por algunos meses tareas de jefe de parrillas y cómitre de comensales en una posada de la sierra pobre, donde, habiendo intentado revivir las técnicas de los antiguos cocineros feacios, obtuvo los resultados de hacer disminuir la clientela en un 84% y ser recriminado por la dirección del establecimiento.

2. Sobre la combinación de los sabores hemos de remitirnos a Cayo Apicio y a Ding-Pao, cocinero del Gran Khan del que Marco Polo tantos y tantos elogios emite en el apéndice al libro de sus viajes . Gustó sobremanera el viajero italiano de sus bacaladillas en almíbar con salsa agridulce de frambuesa y queso de cabra. Pero es obra definitiva sobre el particular el Index curcumatim essentiarum sive mixtura variarum culinae speciarum de Nono Simplicio . El listado IV de Nono Simplicio da como buenas hasta doscientas combinaciones, y rechaza otras tantas. Entre las que acepta, reputándolas de exquisitas o muy sabrosas, tomaremos como ejemplo:
- Ajo, pasas de corinto y pimentón del Bierzo.
- Nata, cilantro y alcachofas.
- Anchoas en salazón y orejones de damasco.
- Mollejas de cordero, pan de higo y pimientos de Padrón.
- Higadillos de pato, uvas crudas y salmón ahumado.
Rechaza, por vulgares, el bacalao con garbanzos y espinacas, las judías con chorizo y hasta ciento noventa y ocho más, sólo en este cuarto listado.
En nuestra Dialéctica y síntesis del gusto sentábamos, sin embargo, que sólo paladares sensibles y cultivados son capaces de apreciar y elevar a trascendentes tales combinaciones. La elevación a la trascendencia, la esencialización de lo culinario estructurado es, por definición, el factor distintivo o de elevada referencia. Necios y poco cultivados gustadores rechazan lo sublime, tal como nos consta.

Glosa: Pollo practicó durante algunos años, los que permaneció como terapeuta gástrico en el Hospital del Spirito Santo del Vaticano, su cocina trascendental experimental, gracias a la comprensión y anuencia de la Madre Scelerata della Santa Spina, celadora de la sala de incurables. Los efectos estimulantes de la alimentación dieron como resultado el alta masiva de pacientes, supuestamente terminales, en menos de tres semanas.

3. Comer mucho, bueno y con frecuencia es mejor que comer poco, malo y de tarde en tarde. En esta máxima podemos resumir nuestro pensamiento. O, dicho en latín y en síntesis: multum, bonum, crebrum, a la manera del olímpico altius, citius, fortius. Tal ilustraba Edax en su disciplina dietaria haciendo no menos de seis comidas al día, en las que solía alternar manjares cálidos, refrigerantes, ácidos y suculentos o jugosos, como recomienda Prisco Craso . La clasificación y recomendaciones de Prisco fueron criticadas en su época, pero modernos filogastros han visto en ella un claro antecedente de la cocina berciana, hoy considerada altamente saludable por los bromatólogos. Así solía Edax consumir pavo encamisado en tocino y grasa de oca (cálido), pernil hervido con coles (refrigerante), lomo de buey al vapor con nabos y codornices (ácido) y ventresca de bonito en salsa de habas tiernas e higaditos de pollo (suculento), lo que hacía la primera serie de la primera comida, cada una de las cuales -siempre siguiendo a Prisco Craso- había de constar de cinco series de platos igualmente armonizados, salvo el resopón, para el que indica un gran hervido de pavipollo con legumbres secas y liebre en salazón, manjar que conjura la ardentía y previene el estómago para el resto del yantar.

Glosa: Pollo intenta en 1929 poner en práctica la minuta de Edax, a cuyo objeto se retira a una casona de Villablino que le parece adecuada al intento. Sin embargo, su capacidad digestiva, mermada por las fiebres que padeciera en la expedición a la Amazonia boliviana, le impide realizar personalmente todo el proyecto, y se ve obligado a contratar a una familia de campesinos locales, seleccionada entre las más saludables de la zona. Un retraso en los envíos de dinero de la anciana tía de Pollo, que había sido persuadida por él para participar como mecenas en el proyecto, da al traste con él en el momento más prometedor, cuando los aldeanos habían cesado de padecer los terribles vómitos y diarreas de los inicios.

4. De la culinaria acumulativa. A mayor número de ingredientes -postulamos- más riqueza y armonía del condumio. No sólo razones técnicas nos impulsan a formular tal axioma, sino también de orden metafísico, a cuyo fin y objeto tomaremos modelo en distintas versiones de la creación del mundo, dadas por las religiones de muchos pueblos. Los trwky de la isla de Santa Genoveva creen que el dios Ayawaaeso metió en un pellejo de mono todas las cosas del caos inicial sin olvidar ninguna de ellas, luego las cosió dentro del pellejo de mono y lo metió en un hornillo de piedras recalentadas. Cuando el asado alcanzó su sazón, Ayawaaeso comió toda la mezcla con gran apetido y, satisfecho, eructó, y del eructo fue formado el mundo, que tiene forma de gran marmita.
Una visión ingenua como la relatada (¿de dónde sacó el dios de los trwky el pellejo de mono, animal que aún no había sido creado?), no puede ser tomada a la ligera. La acumulación es el principio de lo armónico y perfecto. No desdeñemos, por tanto, nada de lo que contiene nuestra despensa, sea cual sea la naturaleza; mas ha de hervir todo junto en un puchero con agua y sal durante no importa cuanto tiempo, y habremos dado en la clave de lo metafísico-acumulativo.

Glosa: Aquí sigue Pollo la enseñanzas de Restituto, autor por el que no siempre manifiesta nuestro filogastro iguales preferencias. El general y culinarca Restituto logró, como sabemos, hacer que sus tropas cruzasen los Alpes en la mitad de tiempo que Anibal alimentándolas con olla podrida sazonada a partes iguales con cayena y azogue. La receta de la olla podrida que preparaba Restituto se ha perdido para la ciencia, pero parece ser que aplicaba intuitivamente el principio de la acumulación metafísica, y que llegó a juntar hasta seiscientos doce ingredientes de toda índole en aquel formidable manjar.